Sáb. Mar 2nd, 2024

En los límites de la realidad era una película de episodios que, en 1983, reunió a los directores que cambiaron el cine comercial en los años setenta y ochenta: Steven Spielberg, John Landis, George Miller y Joe Dante. El primer capítulo, dirigido por Landis, se titulaba Time Out y contaba la historia de un tipo racista y antisemita que, sin mayor explicación, viaja en el tiempo y se encuentra perseguido por las SS como judío en la Francia de Vichy y luego transformado en un negro a punto de ser linchado por el Ku Klux Klan. Acaba en un tren de ganado con dirección desconocida hacia el Este. No quisiera que aquellos que creen que vivimos en una dictadura o que gritan consignas racistas y fascistas por las calles de Madrid tuviesen que ser sometidos a una lección similar, pero tampoco les vendría mal mirar un poco al pasado.

Europa, desde hace siglos, ha sufrido las más horrendas satrapías y sus habitantes han padecido la violencia estatal, empezando por España, que vivió bajo una dictadura hasta 1975 —aunque alguno de los que protestan estos días en Madrid parecen añorarla—. El último libro de Mary Beard, Emperador de Roma (Crítica, traducción de Silvia Furió), es un apasionante recorrido por el poder en la antigua Roma pero, también, una reflexión sobre el poder en general, en todas las épocas y en todos los tiempos. Y sobre el terror en el que vivían no solo los romanos, sino toda la corte imperial: nunca estaba claro si uno iba a salir vivo de una cena con el emperador.

Pero no hace falta remontarse a una época tan remota —en la que un esclavo podía ser arrojado a una piscina para ser devorado por lampreas por romper un vaso, como cuenta Beard que hacía el rico Polión—. Frank Dikötter, un experto en la China comunista y en la revolución cultural de Mao, que costó la vida a millones de personas, acaba de publicar un ensayo titulado Dictadores. El culto a la personalidad en el siglo XX (Acantilado, traducción de Joan Josep Mussarra), en el que repasa la vida de ocho sátrapas del siglo XX, a cada cual más sanguinario, ególatra y despiadado.

Manifestaciones en Bucarest contra el dictador Nicolae Ceausescu en diciembre de 1989.
Manifestaciones en Bucarest contra el dictador Nicolae Ceausescu en diciembre de 1989. R. Sigheti (Reuters) / C. Platiau (Reuters)

El rumano Nicolae Ceausescu (1918-1989) destruyó una parte importante del centro histórico de Bucarest y arruinó su país para construirse un palacio gigantesco; instaló el mayor sistema de escuchas de Europa oriental; reprimió a la minoría húngara; hizo vivir a la mayor parte de la población rumana en la miseria. Ni siquiera le hizo falta ser especialmente cruel, aunque lo era cuando lo necesitaba: la mayoría de los disidentes habían sido asesinados durante el mandato despiadado de su mentor, Gheorghiu-Dej. Entre 1949 y 1951, llevó a cabo el llamado experimento Pitesti, una de las cumbres de la crueldad en el siglo XX. Consistía en que los presos torturados eran convertidos en torturadores.

El ego de Ceausescu y de su mujer Elena no conocía límites: recibieron todos los títulos académicos posibles, tenían una legión de diplomáticos para conseguirles condecoraciones extranjeras (o inventárselas), se atribuían los nombres más extravagantes —”Estrella que se encuentra al lado de otra estrella en el arco celeste”, por ejemplo— y era obligatorio que las librerías tuviesen sus libros. Un viejo chiste decía que en Rumanía solo se vendían libros de los Ceausescu o sobre los Ceausescu. La televisión dedicaba la mitad de su programación al matrimonio y los títulos de los programas especiales eran muy sugerentes: La era de Nicolae Ceausescu, Veinte años de logros socialistas.

Estar en profundo desacuerdo con un Gobierno y con las leyes que promueve es una cosa. Decir que vivimos en una dictadura significa ignorar el frío, la pobreza y el terror en el que vivieron millones de personas durante cientos de años y en el que viven todavía muchos millones. Es una afrenta a las víctimas de aquellos regímenes, a los que sufren en la actualidad bajo la amenaza constante contra sus vidas, sus propiedades y sus familias. Tal vez no hace falta llegar tan lejos como le ocurre al personaje de En los límites de la realidad y baste con unos segundos en una dictadura de verdad para comprobar que hay cosas que, por muchas veces que se digan, no dejan de ser un disparate.

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