Vie. May 24th, 2024

El cáncer infantil es una rareza, la peor de las carambolas, surgida de alguna alteración azarosa durante el desarrollo embrionario: unas células no acaban de funcionar bien y, en algún momento, comienzan a crecer de forma descontrolada hasta formar un tumor. Se trata de una enfermedad poco frecuente —hay un caso por cada 200 en adultos—, y aunque el 80% de los pacientes se cura, en algunos niños, el tumor reaparece y las alternativas terapéuticas se agotan. La comunidad científica batalla para atajar el cáncer pediátrico inicial y también las recaídas, como la que sufrió el pequeño Logan Jenner, diagnosticado de una leucemia mieloide aguda con tres años y que, a los 14 meses de tratarla, volvió a aparecer. Sin muchas más opciones de tratamiento, el niño se embarcó en un plan experimental de investigadores de la Universidad Internacional de Florida para encontrar el arma más precisa contra su agresiva leucemia: el proyecto, cuyos resultados se publican este jueves en Nature Medicine, consistía en probar en el laboratorio un centenar de fármacos sobre las células tumorales de los pacientes e identificar el medicamento más certero para fulminarlas en el organismo del enfermo. La investigación, todavía en fases muy iniciales y con pocos pacientes, funcionó con Jenner y el pequeño, que ahora tiene ocho años, lleva ya dos años libre del cáncer.

No hay dos tumores iguales: cada uno tiene sus particularidades moleculares, su microambiente más o menos protector, sus mecanismos de resistencia y sus talones de Aquiles. La oncología lo sabe y por eso ha virado, en los últimos años, hacia un abordaje terapéutico del cáncer extremadamente personalizando, con tratamientos cada vez más dirigidos. En busca de una ventana de oportunidad para atacar los tumores infantiles más resistentes, investigadores de la Universidad Internacional de Florida (EE UU) han desarrollado también un nuevo enfoque de precisión donde combinan el análisis genético del tumor con un sistema de análisis individualizado de fármacos —tienen un abanico de 120 tratamientos, oncológicos o no, aprobados por la agencia estadounidense del medicamento (FDA, por sus siglas en inglés)— para encontrar la mejor opción terapéutica contra las células cancerosas. El objetivo de esta investigación preliminar era ver la viabilidad de emplear esta oncología de precisión guiada por técnicas moleculares para decidir el tratamiento en tumores pediátricos refractarios y que ya no respondían a las terapias convencionales.

“Cada individuo es diferente y necesitamos poder identificar y comprender las propiedades únicas del tumor del paciente. Al personalizar los tratamientos contra el cáncer, seremos más precisos y proporcionaremos opciones de tratamiento más seguras. Los tratamientos actuales se basan en un enfoque único para todos, y eso no es lo ideal porque cada paciente responde de manera única a los medicamentos”, reflexiona en un comunicado Diana Azzam, investigadora del departamento de Ciencias de la Salud Ambiental de la Universidad Internacional de Florida y artífice de esta investigación. Para probar su técnica, el equipo de Azzam reclutó a una veintena de niños con tumores recurrentes diversos, desde la leucemia mieloide de Jenner, hasta glioblastomas, sarcomas de Ewing o neuroblastomas, entre otros. Todos habían recibido ya varias líneas de tratamiento para intentar contener sus tumores, pero habían recaído.

Los investigadores tomaron muestras de los tumores de los participantes y se las llevaron al laboratorio para hacerlas crecer, como reproduciendo la evolución natural que tendrían en el organismo, para probar luego sobre ellas ese centenar de medicamentos. Además, realizaron el perfil genómico de esos tumores en busca de alteraciones en el ADN de las células cancerosas que sirviesen como potenciales dianas terapéuticas. “Esto nos ha ayudado, en primer lugar, a recapitular lo que ocurre en el tumor del paciente, pero también a ofrecer muchas opciones para cada persona. Permite probar muchos medicamentos en un tiempo de respuesta corto”, explica Azzam.

En no más de 10 días, la combinación de los resultados genómicos y la distinta respuesta de las células cancerosas del paciente a los medicamentos expuestos, permitió a los investigadores trasladar a los oncólogos el plan terapéutico más eficaz para cada paciente. “Los pacientes que se guiaron por nuestra prueba realmente obtuvieron mejores resultados en comparación con sus propios regímenes anteriores y en comparación con los pacientes que no se guiaron por nuestro enfoque. Hemos demostrado que todo lo que funciona en el tumor en el laboratorio realmente funciona en el paciente”, celebra la investigadora.

Según los científicos, 21 pacientes se sometieron a estas pruebas de sensibilidad de los medicamentos y también en 20 de los participantes completaron el análisis genómico. Los investigadores devolvieron recomendaciones de tratamiento para 19 y de ellos, 14 recibieron intervenciones terapéuticas: en ocho casos, los oncólogos no se guiaron por las indicaciones reportadas por el proyecto, pero en los otros seis pacientes, sí y cinco de ellos mejoraron. Entre ellos, Jason.

El pequeño llevaba desde los tres años batallando contra una agresiva leucemia mieloide que volvía a reaparecer. Se había sometido a varios tratamientos oncológicos y también a un trasplante de médula, pero volvió a recaer. Sin embargo, tras entrar en el estudio, sus médicos lo trataron con las opciones terapéuticas que recomendó el modelo de Azzam y, en apenas 33 días, entró en remisión. “Pudo recibir un segundo trasplante de médula y ya lleva hoy dos años libres de cáncer”, cuenta Arlet María de la Rocha, coautora del estudio. Su madre, Diana Jenner, guarda por la casa los resultados de todas las pruebas y hasta quiere enmarcar los resultados del ensayo: “No creo que mi hijo estuviese aquí sin este estudio”, reflexiona.

En el caso de Logan, abunda Azzam, la investigación arrojó tres hallazgos que podrían jugar a su favor. Por un lado, el pequeño tenía una mutación específica en el tumor para la que hay varios inhibidores disponibles, pero con el ensayo-error de fármacos en el laboratorio, los investigadores pudieron seleccionar el tratamiento más eficaz para el niño. Otro efecto positivo es que pudieron demostrar que algunos fármacos que se le habrían administrado no iban a ser eficaces: “Pudimos decirle a su médico qué fármacos podrían no ser eficaces y eso la ayudó a tomar la decisión de retirar los medicamentos que pensaba que podrían funcionar en el caso de Logan, pero que al final resultó que no eran efectivos y podrían tener efectos tóxicos”, relata Azzam. El estudio de su caso también encontró que las células tumorales del pequeño producían “un aumento inesperado a los esteroides de uso común”, que es un medicamento que se usa para inhibir el sistema inmune cuando se realiza un trasplante de médula. “Nuestros resultados mostraron que los esteroides en realidad aumentaban el crecimiento de las células cancerosas. Y eso podría haber sido contraproducente”, cuenta la investigadora. Ese hallazgo permitió retirarle este fármaco en su segundo trasplante y evitar efectos indeseados.

Más opciones de tratamiento

Los investigadores admiten que sus hallazgos son preliminares y requieren estudios más amplios y con más pacientes, pero ponen en valor los beneficios de su técnica. Empezando por el tiempo de respuesta, pues pueden devolver los resultados a los oncólogos en apenas una semana. “Esto es muy importante porque estos pacientes no tienen el lujo del tiempo, han agotado todos los tratamientos y cada día cuenta”, expone De la Rocha. Como se prueban muchos fármacos a la vez, este enfoque terapéutico permite, además, ofrecer muchas más opciones de tratamiento, destacan los investigadores. Y enfatizan que los resultados del laboratorio son un espejo de lo que sucedería en el organismo.

La investigación, además, volvió a poner el foco sobre el reposicionamiento de fármacos (repurposing, en inglés), que consiste en explorar la potencial reutilización de medicamentos ya conocidos para otras indicaciones terapéuticas. “Cuando analizamos esos tumores en el laboratorio y analizamos cientos de fármacos, encontramos medicamentos que son ampliamente accesibles, que tal vez no estén aprobados para esa indicación determinada o ese tipo de tumor, pero que pueden reutilizarse para tratar eficazmente otro tumor resistente”, apunta Azzam.

“Una tecnología prometedora”

Lucas Moreno, jefe de Oncología Pediátrica de Vall d’Hebron, considera este enfoque “una tecnología prometedora”, pero enfatiza que está todavía en sus inicios y “hay que expandirla a estudios más grandes y en tumores más concretos”. “No se puede medir el éxito todavía, los resultados no dan para sacar una comparación con otros abordajes”, matiza. Con todo, el oncólogo, que no ha participado en la investigación, destaca su potencial utilidad, sobre todo, en un tipo de tumores donde el perfil genómico, por sí solo, puede no ser suficiente: “La mayoría de los tumores pediátricos no dependen de una alteración genómica fácil de tratar. Y cuando le haces estudios genómicos, no encuentras una respuesta”, explica.

El médico señala que una de las limitaciones de la investigación puede ser la propia heterogeneidad del tumor y que el crecimiento de las células cancerosas en el laboratorio es un entorno diferente al organismo y los resultados pueden no ser similares al 100%. Azzam, por su parte, aspira a ampliar la implementación de su enfoque más allá de un contexto de recaídas y llevarlo, incluso, a las puertas del diagnóstico. “Para lograrlo, tenemos que ser capaces de demostrar en ensayos clínicos a gran escala que nuestra prueba ofrece mucho valor en comparación con la genómica por sí sola y en comparación con el tratamiento estándar. Así que hay mucho trabajo por hacer”, asume.

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