Lun. Abr 22nd, 2024

Su caminar lento, su habla meticulosa y su aspecto frágil, acorde a sus 87 años, llaman a engaño. Al conversar, en los ojos de Ken Loach refulgen chispas. El inglés, doble ganador de la Palma de oro de Cannes, eterno creyente de una izquierda más cercana a la gente de la calle que sus teóricos líderes. Loach lleva décadas siendo un cineasta clave en el cine europeo, querido por mucho público, entre ellos el vallisoletano, visto el baño de masas recibido por el director en la Seminci, donde concursa con El viejo roble, antes de su estreno comercial el 17 de noviembre. Desde su segundo largo, Kes (1969), que ya concursó en la Seminci, Loach desarrolla un cine militante que sigue subrayando las desigualdades sociales a través de décadas en las que el mundo ha avanzado sin escuchar a artistas como él. “Fíjate, por eso son importantes los festivales, porque aquí se protege el corazón del cine como cultura. Fuera, las películas comerciales han aplastado al resto de los filmes, olvidando que el medio es más importante que la industria”, aseguraba ayer viernes en su charla con EL PAÍS.

A su lado se sienta Paul Laverty, el guionista con quien Loach ha colaborado en 16 películas. Hacen una dupla curiosa: Laverty habla con su recio acento escocés y a toda velocidad; el inglés de manera más dulce. Sin embargo, coinciden en el mensaje, y por eso el director realiza todas las promociones con Laverty (guionista habitual también de Icíar Bollaín, su pareja) a su lado. Hoy, el que arranca a hablar es el veterano, porque considera que con El viejo roble cierra una trilogía “en la que hemos examinado de forma precisa cómo está funcionando la sociedad actual” junto a Yo, Daniel Blake y Sorry We Miss You.

El título procede del nombre de un pub, el único abierto en un pueblo a las afueras de Durham, en el noreste de Inglaterra, viejo terreno minero hundido ahora en una crisis sin fin. Hasta allí llegan, trasladados por el Gobierno, un grupo de sirios. Como un local apunta: “No verás refugiados pobres en Chelsea”. El choque es inevitable, y en pantalla se oyen frases como “nuestra gente primero” o “la esperanza es obscena”. “Queríamos ser muy precisos con las historias para explicar ese proceso de crecimiento del racismo, de explotación, como En un mundo libre… [2017]. Pero creo que en esta trilogía hemos ido más allá, hemos ahondado en una sociedad que usa el enfado como arma, que ha encontrado la manera de incrementar la explotación de los trabajadores y el trabajo precario. Y por ello, esa gente es vulnerable a la influencia de la ultraderecha, a las llamas del racismo. Nuestra respuesta debe de ser la solidaridad”.

Loach apuesta por una esperanza basada en esa solidaridad. ¿Eso le hace ser optimista o pesimista? “Realista. Por la situación que vivimos, ese es el camino a seguir. Y en esa senda tenemos que reconocer que nos necesitamos los unos a los otros, que existe una interdependencia, llámala solidaridad, y esa es la roca desde la que podremos hacer progresos, ¿no?”. Con el final en interrogante cede la pelota —ambos son muy futboleros— a Laverty. “Hace poco hablamos con un profesor de Oxford, Danny Dorling, y asistimos a una conferencia en la que, con la rigurosidad que caracteriza a alguien de Oxford, había analizado los datos estadísticos actuales y aseguraba que esta es la mayor crisis de nivel de vida desde 1798 y las guerras napoleónicas, y lo aplicaba en Reino Unido y en otros muchos países de Europa. En nuestro país solo han crecido los bancos de alimentos y las ventas de armas. Todo lo demás se ha hundido. Para nosotros, lo más trágico es que el partido Laborista sigue moviéndose hacia la derecha sin afrontar los problemas de la gente. En vez de ir, por ejemplo, a la gala de los mineros de Durham, donde rodamos y donde fue invitado, el líder del partido, Keir Starmer, prefirió reunirse con Murdoch”.

Para Laverty, el gran miedo es que si la izquierda no encara los problemas, “la ultraderecha lo hará proponiendo soluciones simplistas, y usarán toda esa ira en su beneficio. Y la rabia de la gente nace en muchas ocasiones de razones legítimas”. Porque ahí está la semilla de El viejo roble: analizar cómo en una comunidad depauperada por el cierre de las minas y la crisis galopante del siglo XXI, una gente que se unía en la lucha contra los patrones, puede surgir y crecer el racismo. “¿Dejamos que la carga de la inmigración la sufran ellos, o países como España, Italia o Grecia, o preparamos un plan que sirva para toda Europa? Tenemos que ser racionales, mirar los problemas, buscar soluciones. Si las corporaciones son quienes dictan nuestros pasos, cuando solo piensan en sus beneficios, ¿quién resolverá nuestros problemas?”.

Ken Loach y Paul Laverty, en el estreno en Cannes el pasado mayo de 'El viejo roble'.
Ken Loach y Paul Laverty, en el estreno en Cannes el pasado mayo de ‘El viejo roble’.Associated Press/LaPresse (EL PAÍS)

Loach asiente a su lado: “Nací el año del golpe de Estado de Franco y la llegada al poder del fascismo. Crecí en la Segunda Guerra Mundial. Y teniendo muy presente el dolor y la muerte de los campos de exterminio nazis, nunca ha dado tanto miedo la ultraderecha en Europa como hoy. Esa pobreza, esa rabia, esa desigualdad se asemeja en demasía a la vivida en los años veinte y treinta del siglo XX. Mira cómo acabamos siguiendo a quienes proponían soluciones simplistas”.

Además, en la conversación entra la guerra entre Israel y Hamás. “Nuestra gran esperanza es el secretario de general de la ONU, António Guterres, que condenó la atrocidad de Hamás del 7 de octubre y también lo que está pasando en Gaza, que incluye el asesinato de miles de personas, incluidos también miles de niños. Y Guterres subrayó que hay un contexto para entender los hechos, que no se podía sentar y decir cualquier cosa sin saber y aclarar el pasado, los 56 años de ocupación asfixiante que han sufrido los palestinos”, desgrana Loach. “Ken y yo”, recuerda Laverty, “participamos hace ocho años en The Russell Tribunal en Palestina, que se basó en expertos en el terreno analizando la situación. Y recuerdo muy bien cómo nos alertaban de que la retórica del genocidio es muy peligrosa, hoy son justo quienes usan esa retórica los que gobiernan. ¿En qué mundo vivimos que se condena a quien trata de entender algo? Guterres lo intenta, y le han atacado. Saltarse la ley internacional como hace Israel es superpeligroso”. Loach acaba: “Solo nos queda la ONU. Porque si no, llegaremos a la mutua destrucción. La humanidad debe responder colectivamente a ese problema y a otros como el cambio climático. E insisto: no permitir que los derechos humanos sean destruidos, como se ha hecho con los asentamientos israelíes en terrenos palestinos. Es ilegal, no podemos permitir que se salte el derecho internacional”.

Ken Loach, durante la entrevista en Valladolid.
Ken Loach, durante la entrevista en Valladolid.Emilio Fraile

Hay otra película de Loach que conecta con la necesidad de la solidaridad e igualdad que defiende El viejo roble: es el documental El espíritu del ‘45, que ilustra un momento, al final de la Segunda Guerra Mundial, en que en Reino Unido parecía que se iba a lograr el triunfo de la justicia social. “Fue un instante de reconstrucción, en el que la idea de que la pobreza tenía que quedarse atrás anidó en todos los británicos, y que para ello servirían los servicios públicos, y que el capitalismo debía desarrollarse en un justo equilibrio. Era una reconstrucción física, de grandes obras, y colectiva. Pero hubo quien quiso y pudo acabar con ello. Hoy necesitamos una nueva izquierda, alguien que cuide de los seres humanos, y una Unión Europea que abandone la burocracia y avance de verdad apoyando una democracia real”.

La última parte de la charla tiene que ver con su trabajo en equipo y con lo que deparará el futuro. Laverty explica que lo hacen de forma muy orgánica. “Hablamos mucho, somos amigos íntimos, así que de cualquier chispa sale una idea. También perdemos tiempo, si lo quieres llamar así, charlando de fútbol, bromeando. En fin, buscamos, investigamos, creamos conexiones”, explica el guionista, que vive en Edimburgo, mientras que Loach reside en la inglesa Bath. “No entiendo el cine como algo individual. En nuestras películas, desde luego, hay más gente, como la productora Rebecca O’Brien, y las considero obras colectivas”. ¿Y están con un nuevo guion? “Siempre hay cosas en la mente, aunque también sé que necesitamos tiempo de planteamiento, de investigación”, apunta el director, y su gesto aporta un “veremos” subconsciente a la frase.

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