Mar. May 21st, 2024

El entrevistado llega a la cita puntualísimo, pero el fotógrafo, a quien conoce de otras veces, tiene una prisa loca porque se le escapa la última luz de la tarde lluviosa y le azuza para resolver el retrato antes que la charla. Fele Martínez acata órdenes y se pone a tiro de cámara, disciplinadísimo, que para algo es actor y director y sabe que la iluminación importa, y mucho, en el resultado final del producto. Solo después de ser inmortalizado bajo el sirimiri con su gorra de rapado friolero, ofrece a cráneo descubierto a la grabadora una de las conversaciones más caóticas y divertidas que recuerdo.

Se estrena en la dirección teatral, pero antes dirigió cine, ¿no?

Bueno, alguna cosita, unos cortos para el sector audiovisual.

¿Y eso no es cine? ¿Por qué se baja usted mismo de categoría?

Por el síndrome del impostor, ni más ni menos.

¿A estas alturas de la película?

Uy, y lo que me queda.

Ese síndrome es más de mujeres. O, por lo menos, los señores, si lo tienen, no suelen confesarlo.

Pues seré Fela Martínez, pero ese síndrome me ha acompañado toda la vida, y es buen maestro, porque gestionarlo requiere un trabajito personal intenso y constante.

Igual es porque ganó el Goya demasiado pronto, a los 21 años.

Hostia, pude ser. Esto no lo he trabajado en terapia, se lo tengo que preguntar a Teresa, mi terapeuta, en la próxima sesión. Espera, que lo apunto, con permiso. [Saca una libretita de la mochila y lo apunta].

¿Me lo está diciendo en serio?

Absolutamente. Tengo una relación profesional intermitente con mi terapeuta, pero no la dejo, por la cuenta que me tiene. Ahora ella vive en Oregón, y lo hacemos online. Me pide que me acerque mucho a la cámara del teléfono para verme bien la cara y las emociones.

¿Y cómo se ve usted mismo a los 48 años?

Como un madurito interesante. Soy el mismo que el del Goya, con menos pelo y más entusiasmo. Se me ha quitado el estrés, un poco de tontería y banalidad y tengo más poso, una especie de sensatez que antes no tenía.

Como actor, le han dirigido Amenábar, Almodóvar y Medem. ¿Qué ha copiado y qué ha evitado de ellos ahora que es usted el director?

Uf, esto lo tendría que pensar bastante. Lo que he intentado es tener pensadas la mayor cantidad de respuestas y herramientas posibles para los actores. Quizá por una cuestión de empatía, de entenderlos, porque he estado ahí.

¿Y qué siente ahora que, con la obra estrenada, los actores se le han independizado?

Eso ha sido muy fuerte, porque, como actor, cuando acabas los ensayos, empieza todo, y ahora ha sido acabarlos, y hacerte tú a un lado. Sé que es lo que toca, y que la obra irá creciendo con ellos, pero llevo más de dos años implicado a muerte con este proyecto y esa separación está siendo un síndrome de nido vacío brutal.

¿Lo ha hablado con Teresa?

Hostia, todavía no. Mira, otra pregunta [saca la libreta y apunta].

¿Se contrataría a sí mismo como actor siendo el director del proyecto?

Sí, absolutamente.

¿Pues no decía que era un impostor?

El impostor es Fele, pero el actor, no. O sea, yo me peleo con el impostor de espaldas al director.

¿Por qué se autocontrataría?

Porque soy bueno. Porque soy un actor dúctil y maleable. Porque yo me lo curro por mi cuenta, pero con un buen director puedo crecer muchísimo. Y, sobre todo, porque soy un gran catalizador de rodajes y hago equipo. Eso te lo puede decir todo el mundo.

En la desternillante serie Machos alfa, su personaje era el menos chulo de una panda de machirulos. ¿Es usted así o eran exigencias del guion?

Era, es, porque la segunda temporada está por estrenar, una panda de desnortados donde mi personaje es el único que conciliaba y se deconstruía de verdad, pero que acompañaba a sus amigos a clase de nueva masculinidad por pura amistad. Me gusta mucho ese concepto de solidaridad entre tíos que tiene mi personaje.

¿Usted también lo tiene?

Tengo un punto gregario, pero me gusta tener mi punto de vista, mis absurdeces. No te voy a negar que tengo una buena pedrada.

Todos tenemos la nuestra.

Sí, pero a mí me gusta la mía. Es una manera de ver las cosas que ni yo mismo entiendo. Soy un compuesto de muchas cosas que me han ido conformando desde que era adolescente en Alicante.

¿Ser de allí imprime carácter? ¿Tiene que ver con la pedrada?

Muchísimo, lo levantino tiene esa cosa como para afuera, como expuesto hacia el mar, esa cosa de vivir en la calle, esa cosa de la pólvora, del boom. Pero no solo es eso. Mis años con Sexpeare, la compañía de teatro que fundé al llegar a Madrid con cuatro tíos, cada uno con su pedrada, fueron de los más creativos de mi vida. Y luego acuérdate que Extremoduro tiene una canción que se llama Pedrá y dura 30 minutos. Todo cuadra.

Su hijo se llama Otto. Imagino que por su personaje en Los amantes del Círculo Polar, de Julio Medem. ¿Tanto le marcó?

Mi hijo se llama Otto porque me gusta el nombre, porque me gusta la película y porque mi señora, en la Universidad, llevaba una camiseta que ponía “Julio Medem es Dios” y su trabajo de fin de carrera fue sobre la “simbología blablablá en la cinematografía de Julio Medem”, o algo así. Entonces, cuando buscábamos nombres, solté Otto, jugando sobre seguro. Ahora lo miro a la cara y no podía tener otro nombre.

O sea que Medem es su talismán.

Bueno, digamos que yo he tenido tres momentos cruciales en mi vida. Con Alejandro [Amenábar], Julio [Medem] y Pedro [Almodóvar]. El encuentro con cada uno de ellos me giró la vida.

¿Son su Santísima Trinidad?

Absolutamente.

Y usted su profeta.

Ya me gustaría. Digamos que he sido uno de sus apóstoles.

Algo tendrá el agua cuando la bendicen.

Mira, me ha gustado eso. Ya te digo que yo mismo me contrataría.

COLEGA DIRECTOR

«Mi abuelo era Rafael. Mi padre, Rafelo. Y yo, Rafelete, y de Rafelete, Fele». Fele Martínez (Alicante, 48 años) narra en estos términos la historia del diminutivo familiar que acabó siendo también su nombre artístico desde que ganara, en 1996, a los 21 años, el Goya al actor revelación por su papel en Tesis, de Alejandro Amenábar, cuando aún era un estudiante de la Escuela de Arte Dramático en Madrid. El primer sorprendido fue él. Tanto, que su hermano tuvo que darle un codazo para que subiera a recogerlo. Hoy, después de una carrera en la que ha alternado cine, teatro y televisión a las órdenes de algunos de los mejores directores del país, debuta como director teatral con Animales de compañía. «Quizá no esté en mi mejor momento de forma física, porque hace mucho que no voy al gimnasio, pero tengo más entusiasmo y más curiosidad que nunca», afirma.

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