Sáb. Mar 2nd, 2024

Hare y Ellington eran dos viejos machos que vivían en el Parque Nacional Kibale, en Uganda. No estaban emparentados, pero hacían un buen equipo. Tras una cacería, Ellington extendía un brazo, gesto habitual en los chimpancés para pedir comida, y Hare le daba un trozo de su carne. Pasaban días desplazándose por el bosque juntos y, cuando se separaban, mantenían el contacto mediante fuertes vocalizaciones. Cuando Ellington murió, Hare cambió de repente y se aisló del grupo durante semanas, como si necesitase pasar un duelo.

Unos años después, unos delfines mulares también mostraron su afinidad al otro lado del mundo, en la bahía de Sarasota (Florida, EE UU). Una vieja hembra de 58 años llamada Nicklo solía cazar cerca de la costa, en una zona poco profunda donde abundan los bancos de peces. Un día, apareció acompañada por otra vieja hembra con la que no estaba emparentada. Entre las dos agrupaban a los peces y los aturdían con la cola para comérselos. Esto llamó la atención de los investigadores, pues rara vez veían a delfines hembra cazando juntas. Sin embargo, para Nicklo y su compañera esto se convirtió en una rutina. Podrían tener simplemente una relación de trabajo, pero a menudo se las veía nadando juntas por otras zonas, como si estuvieran simplemente de paseo.

Animales carismáticos como los delfines y los chimpancés nos regalan anécdotas sobre la amistad que nos conmueven y se hacen populares. No obstante, no fueron estas especies las que promovieron que la comunidad científica se decidiera a utilizar la etiqueta “amistad” en los estudios sobre las relaciones sociales de los animales.

La ciencia debe tener mucho cuidado con los términos que utiliza, para que no se generen malentendidos. Cuando se describe un comportamiento nuevo, suelen surgir varios nombres hasta que se llega a un consenso. Por ejemplo, a los primates les encantan los recién nacidos. Tienen una conducta muy frecuente que consiste en acerarse a los bebés para olerlos y manosearlos, llegando a veces a arrancarlos de la mano de su madre. Las primeras veces que se hizo referencia a esto en los estudios científicos se utilizaron etiquetas como aunting (hacer de tía) o kidnapping (secuestrar). La primera tenía connotaciones positivas y la segunda negativa, así que se le acabó llamando infant handling (manoseo de infantes).

Al principio, ningún académico se atrevió a utilizar la palabra amistad en sus estudios sobre animales. Observaban que los individuos tenían marcadas preferencias a la hora de relacionarse, pero hablaban de vínculos o relaciones estrechas. Solo se hacía referencia a la amistad en tertulias distendidas. Si se incluía esta palabra en un artículo científico, se ponía en cursiva, como si eso protegiese al autor o los autores de las acusaciones de antropomorfismo o falta de rigor. Algunos científicos, con afán de reírse de sí mismos, solían referirse a la amistad como la palabra F (del inglés friendship), haciendo referencia al carácter innombrable del término.

A principios de los años ochenta, estaba asentada la idea de que las relaciones humanas eran muy diferentes a las de los animales. Los humanos establecíamos amistades incondicionales, en las que dábamos algo a cambio de nada, mientras que los animales eran como máquinas económicas. No actuaban movidos por sentimientos de afecto, sino por el “yo te ayudo hoy, porque tú me ayudarás mañana” o “me junto contigo por conveniencia”. Por tanto, sus relaciones no eran merecedoras de ser calificadas como amistad.

Los babuinos tenían un mundo social muy complejo, con relaciones estrechas entre individuos no siempre emparentados.
Los babuinos tenían un mundo social muy complejo, con relaciones estrechas entre individuos no siempre emparentados.Auscape/UIG (Getty Images)

Fue una antropóloga americana llamada Barbara Smuts quien, en 1985, sacó a la amistad animal del armario con su libro Sexo y amistad en babuinos. En Kenia se habían iniciado en los años setenta los primeros estudios sobre el comportamiento social de los babuinos. Midiendo el tiempo que estos monos pasaban en proximidad y acicalándose entre sí, descubrieron que las babuinas formaban relaciones muy estrechas con algunas hembras y no con otras. A menudo estaban emparentadas, pero no siempre.

Los datos dejaban claro que los babuinos tenían un mundo social muy complejo. Yo misma pude comprobarlo de primera mano cuando trabajaba en Senegal, siguiendo a un grupo de babuinos de Guinea. Esta especie tiene una vida social diferente a la de los babuinos que se encuentran en Kenia, ya que son los machos los que establecen fuertes relaciones durante mucho tiempo.

Recuerdo una vez que estaba siguiendo a un joven macho llamado Bela, mientras tomaba datos con un smartphone. Estaba tan pendiente del móvil que no vi una rama y tropecé. No llegué a caer al suelo, pero hice un movimiento brusco que asustó a Bela, provocándole un grito muy fuerte. Cinco segundos después, me vi rodeada por sus mejores amigos, tres babuinos enormes que se pusieron a gritar y a levantar las cejas con gesto amenazante. Me lo dejaron muy claro: si tenía intención de hacer daño a Bela, me las tendría que ver antes con ellos.

Hoy en día, la amistad animal aparece con frecuencia en los artículos científicos. La amplia aceptación del término se debe a que las evidencias indican que las relaciones de los humanos y el resto de los primates son bastante similares. Como nosotros, ellos también tienen amigos.

Es importante recalcar que la amistad es una adaptación. Es decir, está muy extendida porque confiere ventajas en la supervivencia y en la reproducción. Por ejemplo, un estudio de 1993 demostró que las humanas de clase baja daban a luz a bebés más pesados cuando tenían conexiones sociales fuertes. A su vez, las babuinas mejor integradas en el grupo también tienen más éxito en la crianza de sus pequeños.

Amigos y adaptación evolutiva

A todos nos conviene tener amistades. Ahora bien, cuando dos niños se hacen amigos, no piensan que así mejoran su reproducción y sus posibilidades de supervivencia. Con los otros animales pasa lo mismo, sus amistades tienen una función adaptativa, pero eso no quita que sus acciones puedan estar movidas por emociones similares a las nuestras.

De hecho, parece ser que a los monos se les da bastante mal llevar la cuenta de los favores. Algunos autores han propuesto que, en su lugar, la reciprocidad en las relaciones animales es incondicional en el corto plazo y está basada en las emociones. Estas ideas se sustentan en estudios que indican que un primate tiene más probabilidades de ayudar a otro si mantiene con él una relación estrecha a largo plazo, que si este le ha ayudado hace poco tiempo.

A nivel fisiológico, sabemos que los mecanismos que median las relaciones de los humanos y otros animales son muy similares. La oxitocina y la vasopresina son las reinas de los vínculos sociales. Un estudio en 2007 mostró que el área septal del cerebro humano, que controla la liberación de oxitocina y vasopresina, está involucrada en la confianza incondicional que tenemos con nuestras amistades. Curiosamente, esta área está muy conservada en forma y función en una variedad de especies.

Esto no quiere decir que los animales experimenten sus relaciones de amistad exactamente igual que nosotros. Los humanos tenemos unas capacidades sociales muy desarrolladas que nos permiten entender de manera profunda la perspectiva, el conocimiento y los sentimientos de otros individuos. Cada especie tiene su manera única de relacionarse. Al utilizar el término amistad en los animales no estamos negando esta diversidad, sino aceptando, una vez más, que no somos tan diferentes.

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