Mié. Feb 21st, 2024

Ángeles Domingo, en su cafetería El Patio, en La Zubia (Granada).
Ángeles Domingo, en su cafetería El Patio, en La Zubia (Granada).

Ángeles Domingo (Granada, 45 años) ve a alguien aparcar el coche y sabe lo que va a tomar. Cuando el cliente entra por la puerta de la cafetería El Patio, en La Zubia (Granada), ya tiene encima de la mesa su desayuno. “Así a los trabajadores les da tiempo a tomarlo tranquilamente”, explica la dueña, conocida como Lina. En su local se reúnen personas de paso y vecinos del pueblo de 19.885 habitantes; padres que llevan a sus hijos al colegio, albañiles, conductores de autobús o médicos antes de empezar la jornada. Cada mañana puede atender a unas 200 personas: “Aunque parezca mentira, de seis y media a siete de la mañana es cuanto más trabajo tengo”, concreta. Reconoce sentirse muy bien acogida por todos: “Los clientes te tratan como si fueran de tu familia”.

Ese sentimiento tan cercano descrito por Domingo es mayoritario entre la población si se tiene en cuenta que el 88% de los consumidores valora el pequeño y mediano comercio por su aportación en el lugar en el que se ubica, según el estudio Tendencias del consumidor español realizado por la consultora Inmark para el Ministerio de Industria, Comercio y Turismo en 2018. El primer motivo es la comodidad y cercanía que ofrecen (un 45% de encuestados) y el segundo, que dan vida a la zona (según un 30%), sin olvidar la revitalización del tejido económico local. En el caso de El Patio se consumen productos que la dueña compra directamente a empresas el pueblo: “Si me va muy bien con el proveedor, no cambio”, explica: “Por ejemplo, con el Grupo Pascual tengo muy buena relación. Cada vez que he necesitado algo les ha faltado tiempo para traérmelo”. En esa revitalización también está el empleo: por ejemplo, en esta cafetería de La Zubia, aparte de la dueña, trabajan dos personas por la mañana y dos por la tarde (sirven copas) y, en ocasiones, contratan a una persona extra.

El secreto de los desayunos de la cafetería-restaurante Andújar II es también su apuesta por la colaboración local: “Nos gusta trabajar con proveedores de referencia. Hemos ganado fama gracias al panadero con el que trabajamos, al jamón bodega, que lo compramos también en la zona, y eligiendo bien la marca de leche”, explica Matías Lucena, el propietario de este negocio ubicado junto a una gasolinera en su pueblo, Andújar (Jaén, 35.788 habitantes). Cuenta con unos 20 proveedores, considerando que también necesita productos para la tienda del área de servicio.

Matías Lucena, propietario de Andújar II.
Matías Lucena, propietario de Andújar II.Foto Cedida

Lucena entró como gestor directo en 2014. Junto a otros ocho trabajadores del restaurante, atienden a personas de paso y a vecinos de la zona. “He visto crecer clientes, han pasado por aquí niños que ya han terminado la universidad”, explica. Este jienense de 53 años tiene tres objetivos: buscar el sabor, la calidad y la diversidad de producto que les permite la región. “Lo que nos diferencia es la calidad. El cocinero siempre dice que cocinamos con amor, cosas que nosotros queremos comernos porque están bien hechas”, defiende.

Acercar los productos a los clientes

Paco Huertas (Albolote, Granada, 56 años) tiene innumerables anécdotas de su tienda de comestibles Pasantos, cuyo nombre es también el mote con el que le llaman a él y a su familia desde hace seis generaciones. Huertas lleva 32 años al frente, desde que su padre se jubiló. “Recuerdo una época en la que no había yogures en las casas. Cuando operaban a un niño de anginas nos lo pedían para ese mismo día”, cuenta. Ellos vivieron la evolución de su pueblo de 19.474 habitantes. Pasaron de ofrecer grano para animales (“combustible para los burros”) a vender pan hasta llegar al resto de alimentos. Actualmente ofrecen sus servicios a los vecinos de Albolote, además de a tres restaurantes y siete bares.

Paco Huertas, en su tienda de comestibles Pasantos, en Albolote (Granada).
Paco Huertas, en su tienda de comestibles Pasantos, en Albolote (Granada).Foto Cedida

Un día normal de Huertas comienza cuando se despierta a las tres de la mañana, y termina a las ocho de la tarde. “Aunque sea cansado, lo hemos hecho así toda la vida”, explica. Lo primero que hace es ir a Granada a comprar, después descarga junto a su mujer y empiezan a funcionar. Atienden en el local y llevan pedidos. “Aquí nos llevamos todos muy bien”, explica. De hecho, según el estudio de Inmark, después de la facilidad por la proximidad, el criterio que más cumplen los comercios locales es el buen trato y amabilidad (87%).

Tener una agradable relación con los clientes es también una de las prioridades de los comerciales como Antonio Marín (Puerto de Santa María, Cádiz, 47 años), que trabaja para el Grupo Pascual en Granada. “Yo de broma digo que si fuera un robot sería C-3PO, que es relaciones cibernéticas espaciales. Me encanta hablar”, bromea. Hace un año reorganizó su ruta y comenzó a trabajar con Huertas: “Cuando entré en la tienda por primera vez, me llevó a mi niñez. Me acogieron con los brazos abiertos, como si me conocieran de toda la vida”, explica. Les define como personas muy trabajadoras. “Es una tienda de barrio de toda la vida que ofrece precios acordes a la zona, hace piña con la gente que les rodea y tiene nuestra leche y nuestro Bifrutas siempre en sus lineales”, describe. Para él, representan lo que es un “comercio de cercanía”.

Antonio Marín (izquierda), junto a un cliente.
Antonio Marín (izquierda), junto a un cliente.Foto Cedida

Marín lleva cinco años como comercial en Pascual y desde que se levanta se dedica a ofrecer lo mejor a sus clientes. “No siempre quieren comprar lo que necesitan”, señala: “Hay que cuidar de su economía”. Y, para ello, todo empieza en que confíen en él. Por ejemplo, queda con ellos para tomar café antes de su jornada laboral o se apunta en su móvil sus fechas de cumpleaños para felicitarles. “Y el otro día, antes de una reunión, uno me dijo que aún estaba en el centro de salud y me pasé con el coche a recogerle”, cuenta.

Este comercial le pone cara a un trabajo que puede parecer frío. Piensa que, en una empresa tan grande como el Grupo Pascual, es importante que el cliente sepa que es alguien fundamental. Visita la ciudad y los pueblos, tiene contacto con unas 300 empresas al mes. “A veces, somos la persona a quien abrazan; otras, el saco de boxeo y otras, el hombro en el que lloran”, describe. Para conseguir ese vínculo apuesta por lo que él llama “economía recircular”. “Mis clientes confían en mí, pero yo también. Mi compra de casa la hago con sus productos”, explica.