Sáb. Mar 2nd, 2024

El siglo XX nos trajo a Stalin, a Mao, dos guerras mundiales, el Holocausto, las bombas atómicas y un par de carnicerías más que no quiero recordar. Decenas de millones de muertos, según los cálculos más prudentes. Como es lógico, el alma de los europeos se vio zarandeada y es admirable que hayamos sobrevivido como especie. Un marciano habría esperado que nos suicidáramos definitivamente con una buena juerga nuclear.

La maltrecha conciencia mundial tuvo varios resultados en el orden de la representación. Lo de vivir con la amenaza de una extinción no dejó de afectar a los artistas, que son quienes nos representan de verdad y no los políticos. Así que los artistas pasaron a representarnos tal y como nos vieron, raros, deformes, informes, anómalos, invisibles, tullidos, tartamudos, o simplemente mudos.

Llevamos varios años más templados y parece que podemos estudiar aquel pasado que se llamó “la vanguardia” con algo de sosiego. No en todas partes, claro, aunque sí en un Occidente que se apaga, pero que ya no está masacrando a sus esclavos. Y el efecto que tuvo en la literatura aquella conciencia de la destrucción fue un grupo de literatos inmensos que ya no podían representar a los humanos de un modo, por así decirlo, luminoso y heroico. Sin embargo, sería muy mala idea darlos por muertos. Joyce, Proust, Kafka, Faulkner, Bernhard, Manganelli, Benet, Rulfo, en todo Occidente apareció durante el siglo XX una literatura a la que sólo le quedaba la nuda forma como capacidad de ser. Y uno de los principales fue Samuel Beckett.

Es de celebrar que no se haya agotado la capacidad de fascinar, moralizar e iluminar que tiene esta literatura difícil, áspera, oscura, pero sabia. Y leer a estos artistas es muy conveniente para entender que todo puede apagarse en cualquier momento. Estoy celebrando la aparición de una nueva traducción de Watt, la última novela en inglés de Beckett, traducida y prologada por José Francisco Fernández en una editorial asequible y que puede llegar a muchos estudiantes (Cátedra).

La historia de esta novela es otra novela, bien contada por Fernández en su extenso prólogo. Beckett la escribió mientras huía de un refugio a otro como miembro de la Resistencia, perseguido por los nazis que ocupaban Francia. En aquellas absurdas condiciones llevó Beckett sus cuadernos, en los que iba escribiendo y anotando lo que sería finalmente la novela Watt, nombre del protagonista, aunque tan inexistente como Godot, el más famoso de los personajes becketianos. Watt tiene una pareja, el señor Knott, a quien sirve en una parodia de las antiguas novelas de amos y criados que se ha eternizado hasta el día de hoy gracias a los Arriba y abajo televisivos.

Rechazada por el mundo editorial

Aunque la terminó en 1945, no se publicó hasta 1953 tras ser rechazada por casi todas las editoriales inglesas y americanas, muy reacias a reconocer que aquella prosa convulsa y sarcástica era un fiel retrato de la civilización del siglo XX. Y una vez editada apenas tuvo acogida. No sería hasta 1968 (¡menudo año!) cuando se publicó en francés por la editorial Minuit y en versión del autor con ayuda del matrimonio Janvier, que comenzaría la recepción entusiasta de la novela. Los mandarines franceses se reconocieron en aquel retrato del género humano disforme, desintegrado, pero de una ironía lacerante que un irlandés creaba de la nada.

Había otros efectos que fascinaron a quienes dominaban la opinión literaria. Uno de ellos era la evidente caricatura de Descartes, filósofo al que Beckett siempre tuvo entre sus favoritos y que de inmediato registraron los maestros del estructuralismo y la deconstrucción.

Sea, pues, bienvenido de nuevo nuestro Beckett, exacto retratista de unos años terroríficos que pueden volver en cualquier momento.

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