Sáb. May 18th, 2024

La personalidad de Agustín Ibarrola (1930- 2023) resulta fundamental para entender el desarrollo de una escena tan vibrante y compleja como la del arte en el País Vasco a partir de la segunda mitad del siglo XX. Un artista, conviene advertirlo pronto, que estuvo situado desde un primer momento en un doble y férreo compromiso, con la realidad y con el arte. Desde ese difícil gozne tomó partido abiertamente en la denuncia de la privación de libertades durante el franquismo y, posteriormente, y con la misma honestidad, contra la violencia del terrorismo.

Su trayectoria merece aún una revisión rigurosa en la lectura institucional del arte español y europeo de su tiempo. Quiero creer que la reciente adquisición por el Museo Reina Sofía del cuadro Amnistía, de 1976, además de una reflexión sobre nuestra actualidad, presagia el nuevo interés por reconocer la contribución de Agustín Ibarrola a ese contexto, sin olvidar, tampoco, su activa participación en colectivos de vanguardia tan relevantes como Equipo 57 o Estampa Popular.

Tuvimos la suerte de recuperar hace dos años para las colecciones del Museo de Bellas Artes de Bilbao su personal interpretación del Guernica de Picasso, pintada a finales de los años 70 en plena campaña de reivindicación de la obra para el País Vasco. En ella se reflejan claramente las dos almas del trabajo de Ibarrola, la de la combativa figuración junto a la más experimental de la investigación formal. De hecho, con el Guernica de Ibarrola descubrimos la libertad con la que trabajaba el artista al proponer dos alternativas de montaje de la obra, casi simultáneas, anticipándose así a propuestas novedosas en el ámbito de las instalaciones contemporáneas.

Ibarrola observa las pintadas a favor de ETA en uno de los de los árboles del bosque de Oma atacados por los terroristas.
Ibarrola observa las pintadas a favor de ETA en uno de los de los árboles del bosque de Oma atacados por los terroristas.Luis Alberto García Pérez

Esa misma libertad le permitió desbordar constantemente su condición fundamental de pintor para fijar en la obra gráfica un extraordinario repertorio iconográfico social y la no menos alternativa dedicación a la escultura que caracterizó una parte de su actividad a partir de los años 80. Disciplinas todas ellas que encontraron finalmente en el lienzo en blanco de la naturaleza, en el Bosque de Oma (Kortezubi, Bizkaia), un postrero y singular soporte donde prolongar una creatividad sin fin. En ese hermoso rincón de nuestra tierra, cerca de la cueva de Santimamiñe en la que se encuentran algunas de las primeras y más hermosas representaciones del arte anterior al arte, fijó definitivamente su estudio, junto a su familia y a la compañera de vida que fue Mari Luz Bellido.

El ser humano y su vulnerabilidad fueron, sin duda, el centro de toda su obra, demostrando una extraordinaria capacidad para la representación tanto de su condición individual como colectiva. Leal a los ideales políticos que le acompañaron toda su vida, el arte llevaba impreso el fin último de servir a la trasformación y el progreso social. Hoy perdemos al hombre valiente e idealista que fue Agustín Ibarrola y, con la memoria viva de su ejemplo, debemos ahora saber poner su inmenso legado una vez más al servicio de la sociedad, la auténtica misión que orientó al gran artista vasco.

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