Sáb. Mar 2nd, 2024

Cinco agricultores jubilados van subidos en el autobús de línea. Tienen el rostro tostado de quienes han trabajado la tierra. Conocen bien la zona. Han vivido toda su vida en este rincón alejado del mundanal ruido al que, de pronto, ha llegado la modernidad. Señalan a la derecha, donde tractores operan entre montañas de escombros: allí han empezado los trabajos de demolición de una antigua aldea; a la izquierda, donde aquella explanada yerma: esto va a ser el campus de la Universidad de Pekín; más adelante, donde la construcción blanca de aire futurista: este será el nuevo estadio deportivo, que va bastante avanzado. Y aquella carretera de allá, indican, es la autopista que va a Pekín. Estos vecinos suelen pasar el rato en el autocar mirando el paisaje. Van desde su casa —entregada por el Gobierno a cambio de la vieja expropiada— hasta la nueva estación de tren de alta velocidad, y luego vuelta. El señor Li, que pasa de los setenta, dice que ahora están viviendo “los días buenos”. Y así cada día ven crecer a su alrededor Xiongan, una ciudad creada de la nada sobre el mismo terruño que solían laborar, y que aspira a ser un prototipo de urbe “socialista moderna”. Es uno de los proyectos más ambiciosos del presidente chino, Xi Jinping.

Concebida como una ciudad satélite de Pekín, la flamante urbe recuerda estos días a uno de esos juegos en el que los niños se dedican a levantar casas sobre un tablero. Se ven cuadrículas de obras y grúas y camiones cementeros por todas partes. El lugar elegido es una llanura surcada de ríos y humedales a unos 100 kilómetros al sur de la capital china, en la provincia de Hebei. Su desarrollo fue anunciado por todo lo alto en 2017 como una válvula de escape de la congestionada capital del gigante asiático, donde viven casi 22 millones de personas. La intención es fomentar el traslado de empresas e instituciones y liberar así a Pekín de aquellas funciones no esenciales para el Gobierno de la nación.

Xiongan lleva el sello personal de Xi. El también secretario general del Partido Comunista Chino lo ha denominado un “proyecto nacional de significado milenario”, que ha de ser capaz de “resistir la prueba de la historia”. Su planificación, ha reiterado, pretende combinar tecnología punta y respeto ecológico. “Esta es también la herencia que nuestra generación de comunistas chinos legará a las generaciones futuras”, ha asegurado Xi. Xiongan, un acrónimo de dos condados de la zona, es también una palabra de nuevo cuño formada por dos caracteres: 雄 (Xiong: héroe, masculino, fuerza) y 安 (An: paz, calma, estabilidad). Será un legado con el que evaluar la era de Xi, que logró el año pasado un tercer mandato presidencial inédito entre sus predecesores inmediatos.

Ciclistas transitaban por la ciudad de Xiongan_el miércoles.
Ciclistas transitaban por la ciudad de Xiongan_el miércoles.Guillermo Abril

El Gobierno ha comparado su puesta en marcha con dos hitos: Shenzhen, la primera zona económica especial del país, creada en 1980 en una aldea de pescadores hoy transformada en una megalópolis de la tecnología; y Pudong, el distrito financiero con rascacielos futuristas de Shanghái. Ambos proyectos fueron impulsados por Deng Xiaoping, artífice del periodo de apertura y reforma que disparó el desarrollo chino. Hay artículos que llevan las comparaciones más allá: “En 1153 d. C., la dinastía Jin estableció su capital en Yanjing, dando comienzo a más de 860 años de historia de construcción de una capital en Pekín. En 2017, la planificación y el establecimiento de la Nueva Zona de Hebei Xiongan abrirán una nueva página en el desarrollo de Pekín”, aseguraba un texto de la agencia oficial Xinhua.

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Pekín ha puesto la maquinaria en funcionamiento. En casi siete años, se han comenzado a levantar más de 4.000 edificios sobre las antiguas tierras yermas y pueblos ruinosos; la zona ha recibido inversiones superiores a los 657.000 millones de yuanes (más de 85.000 millones de euros) y las empresas estatales chinas han establecido más de 200 filiales y sucursales en la zona, según cifras difundidas por los medios estatales. Entre los proyectos en construcción hay un centro de supercomputación (el “cerebro de la ciudad”) que ayudará a impulsar algunos de los sistemas digitales de Xiongan, incluidas las plataformas para gestionar el flujo de tráfico y los vehículos autónomos. La ciudad es también, desde 2021, un campo de pruebas del yuan digital, respaldado por el Banco Central chino. El plan exige que los servicios básicos estén a 15 minutos a pie, y requiere que la energía provenga de forma prioritaria de energías limpias. Un 70% de la ciudad está reservado a zonas verdes.

Andrew Stokols, doctorando en planificación y política urbanas por el MIT, considera Xiongan una “utopía tecnonaturalista”, según escribió el año pasado en The China Project. La ciudad, añadía, ha adquirido “importancia ideológica” como “modelo nacional de desarrollo de alta calidad”, uno de los mantras de Pekín en los últimos años. “Xiongan se ha convertido en la encarnación física del ‘capitalismo de partido-Estado’ de Xi: recentrar el Partido Comunista chino en la vida urbana, promover la alta tecnología y la innovación ecológica mediante inversiones en universidades, institutos estatales de investigación y empresas públicas”. Stokols reconoce que muchas ciudades utópicas fracasaron. Pero cree que el “compromiso” de Xi con Xiongan como “legado” podría garantizar que la ciudad siga recibiendo apoyo del Gobierno central. Y con el tiempo, añade, podría resultar “atractiva” como centro de investigación, innovación y calidad de vida digna, especialmente para jóvenes titulados universitarios de pueblos o ciudades secundarias de China.

Por ahora, bastante vacía

Por ahora, da la impresión de seguir bastante vacía. El tren de alta velocidad, que tarda menos de una hora desde Pekín y cuesta menos de siete euros, llega un miércoles cualquiera con escasos pasajeros: la gran parte se baja en el aeropuerto de Daxing, abierto al sur de la capital, desde donde tarda unos 20 minutos hasta Xiongan. La estación de la ciudad, inaugurada en 2020, es gigantesca, de líneas blancas y sinuosas, con los techos cubiertos por paneles solares. En sus tripas apenas se ve un alma. Sus pasillos están desiertos. Las salas de espera, sin gente. Pero sus dimensiones, y sus múltiples andenes, dejan intuir la escala imaginada. A la salida hay anuncios de lujosas viviendas: “Trabajar en Xiongan, vivir en un palacio“, dice uno. En los alrededores se ven eriales y esqueletos de edificios. Desde allí uno puede tomar el citado autobús de línea con los jubilados. Durante el resto del recorrido, de cerca de una hora, nadie más sube a bordo. “Quizá es muy pronto para escribir [sobre Xiongan], aún no se nota el cambio”, reflexiona uno de los ancianos.

El autocar deja junto a una avenida moteada con carteles rojos con los mensajes de Xi prendidos de las farolas: “Proyecto nacional”, “plan del milenio”. En esta zona tiene una sede la Corporación Estatal de Ingeniería de Construcción de China, una de las más grandes del mundo en su sector. En la manzana de al lado se han abierto varios restaurantes. A la puerta de uno de ellos, el chef Guan Wei, de 43 años, cuenta que se mudó en 2022 con su familia desde Dongbei, el noroeste chino. “Hay muchas empresas estatales en Xiongan”, dice Guan, que denomina la ciudad “la Pequeña Pekín”. En su opinión, “tiene muy buenas perspectivas para el negocio de la restauración en el futuro”. En su local, hay ambiente de almuerzo en día laborable. Allí comen tres empleados de una empresa de ingeniería de Tianjin, una ciudad costera, también ubicada a unos 100 kilómetros, y el tercer vértice del triángulo de desarrollo económico Pekín-Hebei-Tianjin, en el que se enmarca la nueva urbe. Antes de despedirse, el chef Guan ofrece carne de perro.

Cerca de allí se encuentra Rongdong, donde se multiplican bloques de vivienda clónicos, hay hoteles internacionales, edificios de oficinas de aire futurista y un centro comercial con la afluencia propia de la plaza del pueblo. Tiene una cafetería, cines, y tiendas con marcas de lujo. Se prevé que esta zona, ubicada junto a un gran parque, articule la vida residencial, aunque muchos de los espacios siguen en obras o vacíos. Cabe preguntarse si el frenazo del ladrillo en China se dejará sentir también aquí. De momento, buena parte de los habitantes son vecinos realojados, obreros de la construcción o gente como Hu Yan, de 36 años, que trabaja en una empresa de diseño de interiores a cargo de varios proyectos. Vive entre semana en uno de los bloques recién acabados, y cada fin de semana regresa a la capital con su familia. Cree que en el futuro Xiongan “será como Pekín”.

“Va a ser mucho mejor en un par de años. Habrá colegios, van a venir universidades…”, dice Qiu Ping, de 45 años, profesora de primaria en una escuela local. Se encuentra con su hijo pequeño y su madre en el museo de Xiongan. Suelen venir al acabar las clases, al pequeño le gusta trastear con un juego interactivo de desarrollo inmobiliario que hay en una de las salas. Ante una maqueta de la nueva ciudad, Qiu cuenta: “Esto, hasta hace tres años eran tierras agrícolas”. Ellos, nacidos aquí, también tienen raíces rurales. “Ahora somos residentes urbanos”, subraya. También la expropiaron y le dieron una nueva vivienda a cambio. Usa la misma expresión que los jubilados: han llegado “los días buenos”.

En el museo, con profusión de pantallas y efectos luminosos, se atraviesa en un momento dado un pasillo en el que resplandece un número: 2035. Para entonces, según el plan de Pekín, Xiongan “se habrá convertido básicamente en una ciudad moderna, verde, inteligente y habitable”. Para 2050, las autoridades prevén que se sitúe en el mapa de las grandes urbes de categoría mundial como prototipo de una “ciudad socialista moderna”. “Cada época tiene sus modelos y símbolos”, concluye otro panel en el museo, que destaca cómo Xiongan, “bajo la decisión personal, el despliegue y la promoción del secretario general Xi Jinping”, será “un importante testigo y partícipe del gran rejuvenecimiento de China”. Con esta expresión Pekín suele referirse a la recuperación del estatus perdido a nivel global tras el llamado “siglo de humillación” que siguió a la derrota ante las potencias coloniales. “Los tambores están sonando…”, concluye el panel.

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