Dom. May 19th, 2024

Viena vuelve a hacer justicia a su fama de ciudad de espías. Retratada en el cine como nido de agentes e intrigas durante la Guerra Fría, un caso de espionaje para Rusia agita esto días a la capital austriaca. La detención, el pasado 29 de marzo, de un antiguo agente de los servicios de inteligencia internos de Austria ha generado una tormenta política de acusaciones cruzadas entre los partidos en torno a la influencia de Moscú en el país y su capacidad para penetrar los órganos de seguridad. En el punto de mira está sobre todo la ultraderecha por su cercanía al Kremlin.

El Parlamento Europeo, en su sesión plenaria de esta semana, ha condenado en una resolución los casos de “colaboración política entre partidos de extrema derecha de Europa y dirigentes rusos” y manifiesta su “preocupación”, entre otros, por el escándalo del agente detenido, que mantuvo “estrechos contactos con políticos de extrema derecha del Partido de la Libertad de Austria (FPÖ)”. “Un puro disparate, como gran parte de lo que se aprueba en este manicomio de la UE”, replicó este jueves Harald Vilimsky, jefe de la delegación del FPÖ en el Europarlamento.

Egisto Ott, ahora en prisión preventiva, está acusado de haber sustraído durante años información que acabó en manos de Moscú. Ott no actuaba solo. Formaba parte de una célula de espionaje dirigida supuestamente por el austriaco Jan Marsalek, exdirector de operaciones de la empresa alemana de pagos electrónicos Wirecard, que se derrumbó en 2020 tras descubrirse un agujero de 1.900 millones de euros. Tras estallar el escándalo, este huyó a través de Austria a Bielorrusia y se sospecha que de ahí viajó a Moscú. También desapareció del mapa poco después, en 2021, el que era jefe de Ott en los servicios de inteligencia austriacos, Martin Weiss, del que se cree que ayudó a Marsalek en su huida y al que se presume en Dubái.

Ott ya había sido suspendido en 2017 por la sospecha de espiar para Rusia después de que la inteligencia de un país europeo alertara a Austria. Pero la investigación en torno a él no llegó a concretarse en una acusación y fue trasladado a una academia de seguridad, desde donde continuó con sus actividades. También ahora, la información determinante para su detención ha llegado de fuera, del Reino Unido, donde el arresto de un grupo de supuestos espías para Rusia de nacionalidad búlgara arrojó conexiones con Ott. Este tenía acceso a información clasificada y bases de datos de las que extraía material pedido por Marsalek, según medios austriacos.

Ott niega las acusaciones, que también apuntan a que se hizo con los datos de los móviles de varios cargos del Ministerio del Interior, al menos un portátil con un sistema criptográfico avanzado que presumiblemente acabó en Rusia y recabó información sobre opositores al régimen ruso refugiados en Europa, así como de políticos y periodistas. Además, facilitó la dirección en Viena del periodista búlgaro Christo Grozev, conocido por sus investigaciones en torno al derribo del vuelo MH17 y el envenenamiento de Alexéi Navalni, cuyo piso fue registrado en 2022. Grozev abandonó Viena el año pasado al no sentirse ya seguro en Austria.

El caso supone un problema grave de seguridad y “no arroja una buena luz sobre Austria y sobre su capacidad para gestionar este tipo de asuntos desde la perspectiva del aparato estatal; no solo de las autoridades, sino también de los tribunales y la Fiscalía”, afirma por teléfono Paul Schliefsteiner, director del centro de investigación ACIPSS, con sede en Graz, dedicado a estudios de inteligencia y seguridad. “En Austria tenemos poca o ninguna cultura de la seguridad. Nuestros políticos apenas tienen relación con esto, tampoco la tienen amplios sectores de la población. Por eso nunca se le ha dado prioridad”, abunda el experto, que considera que la investigación aún tendrá que aclarar si Ott solo reunía información para Rusia o era más bien “un soldado de fortuna” que vendía secretos también a otros.

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Convulsa reestructuración

El escándalo expone la debilidad de unos servicios de inteligencia internos que intentan superar una etapa convulsa de reestructuración tras el paso del líder ultraderechista Herbert Kickl (FPÖ) por el Ministerio del Interior entre 2017 y 2019, en el Gobierno de coalición del conservador Sebastian Kurz. Kickl impulsó en 2018 un registro de las dependencias del servicio de inteligencia, entonces llamado BVT, a partir de un dosier anónimo de supuestas irregularidades detrás del que ahora se cree que también estaba Egisto Ott. Varios responsables, entre ellos los que analizaban lazos de los ultras del FPÖ con Rusia o la escena extremista, fueron apartados e investigados sin que se hallaran indicios de delito. El BVT, que sufrió un duro golpe de imagen frente a los servicios de otros países, se convirtió tras una reforma en 2021, ya con el actual Ejecutivo de conservadores y verdes, en la actual Dirección de Seguridad e Inteligencia del Estado (DSN, en alemán).

Herbert Kickl en febrero de 2018, cuando ejercía como ministro de Interior de Austria.
Herbert Kickl en febrero de 2018, cuando ejercía como ministro de Interior de Austria. picture alliance (picture alliance via Getty Image)

Aquel registro, declarado luego ilegal, persigue ahora a Kickl, quien ha rechazado que supiera nada de Ott cuando era ministro. El partido conservador ÖVP, rezagado en las encuestas para las elecciones generales de otoño, que encabeza la ultraderecha, responsabiliza del escándalo a Kickl, al que acusa de buscar el desmantelamiento de los servicios de inteligencia internos para crear unos a su medida. Otros partidos también han incidido en la cercanía del FPÖ a Moscú y al partido de Vladímir Putin, Rusia Unida, con el que firmó un acuerdo de amistad en 2026 (los ultras afirman que ya no está en vigor). Kickl, además, no ha dejado de criticar el apoyo a Ucrania tras la invasión rusa y un excolaborador suyo tuvo contactos con Ott. La resolución del Parlamento Europeo también destaca ese vínculo.

El escándalo del agente se ha convertido así en arma arrojadiza de cara a las elecciones. En la comisión de control de los servicios secretos celebrada recientemente en el Parlamento, el ÖVP acusó a la ultraderecha de ser “un troyano de Rusia en Austria”, y un diputado conservador llegó a decir que el FPÖ está involucrado en el espionaje ruso. Kickl defiende que el antiguo BVT lo controlaron durante décadas los conservadores y le dieron en herencia como ministro una “institución descuidada, deteriorada e incompetente” que constituía el “mejor caldo de cultivo” para el espionaje y la filtración de información.

Las derechas están centradas en su lucha en el barro, les reprochan el resto de partidos. Socialdemócratas y los liberales de Neos reclaman un endurecimiento de la normativa de espionaje y una investigación parlamentaria exhaustiva de lo ocurrido.

“Austria ha sido un paraíso para los espías durante demasiado tiempo”, ha afirmado Nikolaus Scherak, jefe adjunto del grupo parlamentario de Neos. “Ahora, el Gobierno federal debe reforzar urgentemente las medidas contra el espionaje y poner fin a la influencia de Putin en Austria”.

El director del centro de investigación ACIPSS ve necesario un “debate serio” sobre lo sucedido y el funcionamiento del DSN tras las reformas ya realizadas, algo que ve difícil en medio de la actual batalla política. Y a la espera de posibles nuevas revelaciones sobre el alcance de la trama en torno a Ott, Weiss y Marsalek, que pueden alterar la situación en torno a los servicios de inteligencia, en todo caso, “hace falta volver a generar confianza, sobre todo entre la propia población, pero también entre los socios europeos de Austria. Habrá que esperar a ver si se logra”.

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