Dom. May 19th, 2024

Hace algo más de 10.000 años, los humanos cometieron el peor error de su historia y el trauma colectivo quedó grabado en sus mitos. En el poema de Gilgamesh, una leyenda mesopotámica de hace más de 4.000 años, se narra la historia de Enkidu, un ser primitivo y salvaje que vivía en armonía con la naturaleza. Una sacerdotisa le enseñó los misterios del amor, lo hizo sabio y se lo llevó a la ciudad, donde Enkidu pierdió su conexión con los otros seres vivos y ya no pudo caminar desnudo. En el cuento judeocristiano, la pérdida del paraíso, donde Adán y Eva vivían sin trabajar, recogiendo felices los frutos del jardín del Edén, suena parecido.

La transición de la vida nómada de los cazadores recolectores, que fue suficiente para nuestra especie durante decenas de miles de años, a otra basada en la agricultura y la ganadería, sedentaria, que dio lugar a las grandes desigualdades y el sometimiento al trabajo que define hoy la existencia humana, es uno de los momentos más importantes de la historia. Pero la caída no sucedió de un día para otro, con el simple mordisco de una manzana, y los científicos siguen trabajando para reconstruir la historia que hay tras el mito. Un grupo internacional de investigadores publica hoy lunes, en la revista Nature Ecology & Evolution, un trabajo en el que aportan información sobre este periodo revolucionario en una región poco explorada.

Los investigadores han realizado su trabajo en las cuevas de Taforalt, en el norte de Marruecos, uno de los mayores enterramientos de este periodo. Allí se acumulan restos de animales, vegetales y fósiles humanos de una época, hace unos 15.000 años, en que la Tierra se calentaba rápidamente tras la última glaciación. Los análisis de isótopos de elementos como el zinc, el estroncio o el carbono en el esmalte de los dientes o el colágeno de los huesos desvelaron que, aunque el consumo de carne era habitual, con el muflón del Atlas como caza preferida, la dieta de aquellos norteafricanos se basaba en plantas como frutos secos o cereales silvestres.

Los resultados sugieren que en esta región se consumía menos carne que en otras zonas al final de la Edad de Piedra y que los vegetales se almacenaban para garantizar el alimento a lo largo de todo el año. Sin embargo, la conciencia de que era importante guardar para los días de escasez no impulsó el desarrollo de la agricultura o, al menos, las pruebas de que cultivaban sus alimentos no han llegado hasta hoy. Los habitantes de aquella región eran cada vez más sedentarios, y se produjo un aumento progresivo del consumo de vegetales, pero su forma de vida aún dependía de la recolección y la caza y no realizaron los cambios tecnológicos que sacarían a los humanos del paraíso.

Pese a la nostalgia por el pasado semisalvaje que rezuman historias como la de Gilgamesh, la transformación se produjo en muchos lugares como respuesta a cambios medioambientales que complicaron la vida de aquellas personas. La llegada de los humanos se ha asociado a la extinción de grandes mamíferos y es posible que la falta de caza favoreciese la incorporación de más plantas al menú del final del Paleolítico. Mucho antes del comienzo de la domesticación de plantas, en el yacimiento israelí de Ohalo II, de hace unos 23.000 años, ya se ven indicios de un aumento temprano del consumo de granos, y en esa misma región, unos 10.000 años después, en los yacimientos de la cultura natufiense han quedado vestigios del cultivo intencional de cereales salvajes. Los humanos, con su flexibilidad propia, adaptaron su dieta cuando fue necesario y, con su osadía característica, sacrificaron el paraíso para tener lo que entonces les debió parecer una mayor seguridad. Pero esto no pasó de la misma forma en todo el mundo y en el mismo momento.

Una de las teorías sobre el origen de la agricultura en Oriente Próximo lo atribuye a un susto que se llevaron los humanos del Paleolítico cuando creían que ya habían salido de la última glaciación. Un regreso a los niveles de temperatura anteriores, hace algo más de 10.000 años, redujo la disponibilidad de plantas salvajes a las que ya se habían acostumbrado aquellos humanos y pudo ser un acicate para comenzar con la agricultura. En el norte de África, sin embargo, no se dio un desarrollo local de esta tecnología, pese a vivir unas condiciones similares y tener estrechas conexiones genéticas con los natufienses, que sí cultivaban sus granos.

Hay una tendencia natural a ver más claras cosas sobre las que tenemos poca información, pero no hay motivos para pensar que la dieta de los humanos del paleolítico fuese menos diversa que la de los humanos actuales. Conceptos como la dieta paleolítica o algunas explicaciones sobre el origen de la agricultura son una simplificación que es posible porque se habla de un tiempo remoto y de unos humanos a los que deshumanizamos un poco. “La concepción de los grupos humanos anteriores al Neolítico como hipercarnívoros ha ido evolucionando en los últimos años. Las dietas suelen ser muy diversas y ajustadas al entorno ambiental donde habitan. Sería algo similar a lo que vemos hoy a nivel etnográfico”, explica Ruth Blasco, investigadora del Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social (IPHES). “En la actualidad, podemos encontrar grupos de cazadores recolectores distribuidos en diversas ubicaciones geográficas y climáticas, desde el Ártico hasta las selvas tropicales. Dependiendo de las condiciones ambientales y la disponibilidad de recursos, sus dietas experimentan ajustes significativos, llegando incluso a ser prácticamente opuestas en su composición básica”, añade.

Aunque no haya pruebas concluyentes de que los humanos de periodos anteriores del Paleolítico acumulasen comida para gestionar su consumo, Blasco considera que no es descartable, porque ya se ha visto hace más de 300.000 años, en el yacimiento israelí de Qesem Cave, que guardaban médula ósea para comerla después. Tampoco descarta la posibilidad de que los procesos que se ven en las postrimerías de la Edad de Piedra y desembocaron en la revolución agrícola, tuviesen lugar, al menos en cierta medida, en un tiempo anterior. E incluso que fuesen protagonizados por los neandertales. Durante mucho tiempo, se pintó a estos parientes como unos toscos cazadores infrahumanos, pero la acumulación de pruebas ha cambiado esa imagen.

“Existen varios estudios en los que se argumenta el consumo de vegetales entre neandertales, e incluso el uso de plantas medicinales para tratar algunas afecciones y patologías, como por ejemplo en el yacimiento del Sidrón, en Asturias”, dice Blasco. “Yo creo que la diversidad dietética ha estado presente desde muy antiguo, y el consumo de vegetales, dependiendo del entorno ambiental, ha jugado un papel importante en las dietas humanas”, señala.

Berta Morell, investigadora del CSIC, valora el estudio por su aportación a la reconstrucción de este periodo en una región donde aún hay poca información y plantea un camino entre la vida de los cazadores recolectores y las sociedades agrarias como algo muy paulatino y “casi inconsciente”. “Tenían un conocimiento muy profundo del medio en que se movían, conocían el ritmo de las estaciones y cómo estaban relacionadas con el crecimiento de las plantas”, indica. Y recuerda estudios que muestran que hay grupos de cazadores recolectores que seleccionaban cuándo recoger moluscos para obtener los máximos beneficios y gestionar su producción. A diferencia de los mitos, que ofrecen historias completas y satisfactorias, la ciencia sigue acumulando pruebas de que no es fácil simplificar la historia de una revolución que duró decenas de miles de años.

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