Dom. May 19th, 2024

Esta historia empieza con la desaparición de un dinosaurio. Entré el otro día en el Museo de Historia Natural de Londres, uno de esos lugares en los que me siento como en casa (o mejor) para darme de bruces con una ausencia monumental: no estaba el famoso diplodocus del vestíbulo. Como si se hubiera evaporado. Y mira que es grande un diplodocus. Alarmado, me dirigí a un chico que repartía unos folletos informativos sobre el museo. “Ah, está en Coventry”, me dijo como si fuera lo más normal que un dinosaurio se hubiera ido de paseo. Y añadió con humor británico: “No se preocupe, no lo han robado”.

El icónico esqueleto de diplodocus (que en realidad es una copia del original desenterrado en Wyoming en 1899 y que se exhibe en el Carnegie Museum of Natural History de Pittsburgh) llegó al museo londinense en 1905 y, tras exhibirse en distintas salas, desde 1979 ocupaba el lugar de honor en el vestíbulo de entrada. Dippy, como se lo conoce cariñosamente, ha estado de tour por Gran Bretaña visitando Dorchester, Birmingham, Belfast, Glasgow, Newcastle upon Tyne, Cardiff, Rochdale y Norwich, y, tras regresar brevemente al museo, se ha vuelto a marchar para una estancia de tres años en Coventry. Calificado de dino-star y “el dinosaurio favorito de la nación”, Dippy se desplaza como embajador del museo londinense.

Más animado al saber que el diplodocus está buen recaudo en Coventry (ciudad a la que no le habrá asustado la llegada de un dinosaurio, con lo que han pasado), y que pronto se inaugurará una copia de bronce a tamaño natural en el exterior del museo londinense, continué mi visita. Y a quien sí me encontré fue al famoso cazador, explorador y soldado Frederick Courteney Selous, reconocido white hunter (cazador blanco) y matador de leones, al que se cargó de un disparo un francotirador de las tropas coloniales alemanas en Beho-Beho, Tanganika, en 1917 (está enterrado bajo un tamarindo junto al Rufiji). Yo soy muy fan de Selous (como lo era el añorado Javier Reverte), a partir del cual Rider Haggard moldeó a su personaje de Allan Quatermain, y que es el epítome de las viejas aventuras africanas incluidos safaris y las guerras con los matabele. Curiosamente uno de los grandes peligros que corrió Selous fue de niño en Londres: sobrevivió por los pelos al famoso Desastre del skating de Regent’s Park, cuando cedió el hielo y se precipitaron al agua helada dos centenares de patinadores de los que murieron 40. Sus otros malos momentos ya fueron todos con mejor clima. Bueno, pues resulta que siempre que voy al museo saludo la estatua de bronce del cazador, obra de W. R. Colton, que está desde 1920 en la escalera izquierda del fondo del vestíbulo (antes diríamos que pasado el diplodocus). Y cada vez me pregunto cuánto va a durar, vista la ola de descolonización y corrección política que recorre los museos de Europa y el hecho de que Selous mató cientos de elefantes para comerciar con su marfil. En fin, de momento sigue allí Selous, tocado con sombrero modelo voy de camino a las minas del rey Salomón y rifle al brazo, en una hornacina de granito de las Matoppo Hills. Quién iba a decir que se marcharía antes el diplodocus.

La estatua de Selous en el Museo de Historia Natural de Londres.
La estatua de Selous en el Museo de Historia Natural de Londres.

Pero si lo del capitán Selous es complejo para el museo, qué decir de la exposición que se le dedica (hasta agosto) al gran pionero estadounidense de la ornitología John James Audubon (1785-1851), considerado uno de los grandes naturalistas, un artista de talento excepcional que acometió la tarea de pintar todos los pájaros de Norteamérica y un impulsor del interés y la pasión por las aves. Sus dos obras señeras son el monumental compendio en cuatro enormes tomos The Birds of America, con sus extraordinarias pinturas a gran formato de aves a las que trató de insuflar un realismo, un dinamismo y dramatismo innovadores a la vez que plasmarlas con la mayor belleza artística, y el trabajo acompañante Ornithological Biography, donde describe en cinco volúmenes las especies norteamericanas, incluidas algunas que no encontró.

El naturalista y pintor John James Audubon en el retrato.que le hizo John Syme en 1826. WHITE HOUSE COLLECTION
El naturalista y pintor John James Audubon en el retrato.que le hizo John Syme en 1826. WHITE HOUSE COLLECTION

Desgraciadamente (y de ahí lo espinoso del asunto para el museo), la fama de Audubon, al que valoraba mucho Darwin, que le conoció, se ha visto cuestionada en los últimos tiempos por sus opiniones racistas y su desprejuiciada caza de miles y miles de aves, verdaderas masacres, a fin de estudiarlas. Gran aventurero y viajero en la época de la colonización, alto, guapo y audaz, era una fascinante mezcla de científico, escritor (tiene pasajes realmente bonitos en sus textos), explorador y hombre de los bosques (escopeta humeante siempre al brazo). Pero ni eso, ni que le apasionara Walter Scott, al que también conoció personalmente, le disculpa de haber sido propietario de esclavos negros y de defender la esclavitud sin problema alguno de conciencia.

Cuando vivía en Henderson, Kentucky, tenía nueve esclavos que no dudó en poner a la venta al atravesar una mala racha financiera. En una ocasión, adquirió dos negros para que le ayudaran en una expedición por el Misisipí y al acabarla los saldó junto con el bote. Él mismo relata su encuentro en un pantano de Luisiana con un esclavo fugado al que convenció para que se entregara y acompañó personalmente hasta la plantación de la que se había escapado. Vamos que no era un lector de La cabaña del tío Tom. Al igual que a los negros, tampoco consideraba a los nativos americanos iguales. Curiosamente, su propia identidad no está clara. Hijo de un capitán de barco francés con plantación azucarera (y esclavos) en Santo Domingo (actual Haití) y de una de sus amantes, Audubon difuminó sus orígenes en una nube de mitos y mentiras, describiendo a su madre como una hermosa mujer de extracción española asesinada durante una de las frecuentes revueltas de esclavos en la isla. Lo que se ha descubierto que era falso (como lo de que aprendió a pintar con Jacques-Louis David).

Imagen de la exposición sobre Audubon en el Museo de Historia Natural de Londres.
Imagen de la exposición sobre Audubon en el Museo de Historia Natural de Londres.

La exposición que le dedica el Museo de Historia Natural de Londres es discreta. Está ubicada en la Nature Gallery, en la planta baja, cerca de donde se encuentra la placa con un paracaidista y el lema “Spirit and Resistence” que recuerda que en el museo se encontraba durante la Segunda Guerra Mundial, en tres galerías selladas, la Estación XVB del SOE (Special Operations Executive), la organización encargada de montar las arriesgadas misiones clandestinas en la Europa ocupada por los nazis. Desde luego el museo es una caja de sorpresas. Titulada John James Adubon and his ‘Birds of America’, la muestra ocupa tres vitrinas dobles e incluye cinco láminas de grabados de la obra magna del naturalista, su retrato por Lance Calkin que le muestra lleno de “espíritu de la frontera” y vestido como si fuera a una cita con Pocahontas, consideraciones sobre su método de trabajo artístico, detalles del proceso de impresión (usaba las hojas de papel más grandes que existían, las llamadas “doble elefante”, de 97 x 65 centímetros), un volumen de su Ornithological Biography, y un pájaro disecado que parece recién muerto, el pobre (la tijereta rosada o papamoscas cola de tijera). Entre las láminas, la famosa de la garza tricolor, descrita por Audubon como “delicada en forma, hermosa de plumaje, y llena de gracia en su movimiento”; y la del tántalo americano, la única cigüeña nativa de Norteamérica y actualmente en recesión. La exposición alaba a Audubon, pero no deja de señalar las críticas que le han llovido y deplora que el naturalista supremacista no reconociera cuánto le ayudaron en sus investigaciones y exploraciones los negros y nativos americanos a los que despreciaba. Parafraseando a Emily Dickinson, la polémica, esa cosa con plumas.

Un pico cazado por Audubon.
Un pico cazado por Audubon.

La muestra no es la única mención al naturalista en el museo. En la sección Tesoros, una selección en la Cadogan Callery de 22 de los objetos más extraordinarios del centro, se muestran otras láminas de Audubon (además de uno de los tres famosos huevos del capitán Scott, es decir los de pingüino imperial recogidos durante su última expedición a la Antártida).

Por una de esas casualidades de la vida, la visita a la exposición sobre Audubon me ha coincidido con la lectura de un libro estupendo sobre él, Audubon at Sea (University of Chicago Press, 2022), que recoge las aventuras costeras y trasatlánticas del naturalista en sus propios textos, presentados, editados y anotados por Christopher Irmscher y un buen conocido, Richard J. King, de cuyo espléndido y reciente Sailing alone ya dimos cuenta. Audubon —Nórdica publicó en 2021 su diario del Misisipí— está considerado un ornitólogo terrestre (y valga la frase), que se pateo el interior de Norteamérica pajareando (y disparando). Pero este libro recuerda que pasó también mucho tiempo en el mar (12 travesías del Atlántico y numerosas singladuras a lo largo de las costas norteamericanas) observando aves marinas (y disparando), aunque le daba miedo el mar y se mareaba.

Espátula rosada, una de las aves pintadas por Audubon en su
Espátula rosada, una de las aves pintadas por Audubon en su ‘Birds of America’.

En el viaje de Nueva Orleans a Liverpool en 1826 a bordo de la goleta Delos, del que dejó un diario, vio ballenas y tiburones, y describió la pesca y agonía de delfines y otras criaturas en cubierta con una falta de piedad deplorable. También describió en un viaje a los cayos de Florida una matanza espeluznante de pelícanos (explica el uso de la característica membrana bajo el pico de esas aves, una vez seca, como útil bolsa para la pólvora y las balas). Pero lo que más pena me ha dado ha sido leer en el relato de su último viaje, al Labrador, el atroz exterminio que perpetra en Perroquet Islands de frailecillos, esas simpáticas avecillas que no pueden sino inspirar ternura. Acompañado de dos marineros y cargado con varias escopetas de dos cañones, Audubon les dispara a los millares de pájaros nidificantes durante una hora entera, anotando que, caramba, parece que hubiera allí la mitad de la población mundial. “Cuantos puffins (frailecillos) maté en ese tiempo me tomo la libertad de dejarlo a su imaginación”, proclama, satisfecho de la carnicería.

Un par de frailecillos atlánticos se detienen cerca de la madriguera de su nido, en las Islas Farne. Cada primavera, estas pequeñas islas de Northumberland atraen a más de 100.000 parejas reproductoras de aves marinas.
Un par de frailecillos atlánticos se detienen cerca de la madriguera de su nido, en las Islas Farne. Cada primavera, estas pequeñas islas de Northumberland atraen a más de 100.000 parejas reproductoras de aves marinas.Evie Easterbook (Museo de Historia Natural de Londres)

“Ambiguo héroe en el mejor de los casos”, califican Irmscher y King a Audubon en la coda de su libro. Recuerdan que en1830, el naturalista y su mujer traspasaron a una mujer negra y sus dos hijos —”que nos pertenecían”, apuntó Audubon— a unos amigos para que los usaran al marcharse ellos una temporada a Inglaterra. En sus charlas, pasaba de imitar la voz de los pájaros a entonar “el grito del piel roja” como si los nativos americanos fueran una especie más de fauna. Señalan los autores que “desde luego Audubon no fue un San Francisco de Asís” y “cazó muchísimas más aves de las que necesitaba para su tarea artística y científica”. Y concluyen con mucha razón que el naturalista, que murió en 1851 en Nueva York con la mente devastada por la demencia como un campo bajo una plaga de estorninos, fue sin duda un hombre de su tiempo, como se suele decir para exculpar a alguien, pero desde luego fracasó en ser, como sí acostumbran a serlo en cambio los verdaderamente grandes, un hombre adelantado a su tiempo.

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