Dom. Jun 23rd, 2024

“Ella ya ha salido del hood (barrio, en inglés) y, mírala, ahora viste en plan Jennifer Aniston”. Ella, Nerea Sánchez (16 años), mira a su colega Rubén (19) y se ríe. Están sentados en una plaza de su barrio en Fuenlabrada (Madrid). No saben hacer recuento de las horas que han pasado en esos bancos. Se conocen desde que eran niños, han crecido juntos, y también han fracasado en los estudios juntos. Ella, que llegó a ser citada por la Fiscalía de Menores por absentismo escolar, ha dicho basta, no quiere descarrilar. Ha cambiado el chándal por un outfit más formal, se ha matriculado en una FP básica de marketing —no llegó a sacarse el título de la ESO—, y hasta se ha apuntado a un programa para conocer una empresa desde dentro. “Yo ahora estoy más centrada que ellos”, dice respecto a sus amigos del barrio, de los que ninguno ha llegado a bachillerato.

El caso de Nerea es el de cientos de chavales en España que durante un tiempo se sienten en tierra de nadie. No encajan en el sistema educativo —la tasa de abandono escolar temprano está en el 13,9%, frente al 9,3% de media de la UE—, pero tampoco se ven preparados para trabajar. Las condiciones socioeconómicas de su entorno, normalmente su barrio, les hacen percibir su situación con absoluta normalidad, y solo en algunos casos salta una chispa para reengancharse al sistema. “Mi madre solo me exige estudiar o trabajar, yo he intentado seguir el ejemplo de mis hermanas, todas han estudiado, y me he torturado mucho por no poder seguir su camino”, cuenta Nerea. En su casa, el único sueldo que entra es el de su madre, que trabaja de cocinera.

En una conversación con sus amigos Rubén y Unai (20 años), se ven claramente signos de descontento. Ellos dejaron los estudios al cumplir 16 y no lograron el título de la ESO. Su vida consiste en quedar por las mañanas, bajar a la plaza, darse un paseo por el barrio. “Nos aburrimos mucho, nos contamos la vida”, dice Unai, que desde hace años sufre ansiedad y depresión por “problemas familiares”, y hay temporadas en las que toma medicación. “Yo aviso a mis colegas, les digo que voy a tomarme la pastilla y que me va a dejar dormido, pasamos tiempo en el sofá”, dice mientras se frota las manos, llenas de tatuajes. Unai trabaja de forma esporádica en el Parque de Atracciones de Madrid, hay meses que ha llegado a los 1.200 euros. Rubén no trabaja y en las últimas semanas ha sacado unos 200 euros por dejarse escanear el iris en un centro comercial de la zona a cambio de criptomonedas.

Al preguntarles por su plan a medio y largo plazo, cuentan que nadie les ha advertido de la crudeza del mercado laboral con los candidatos sin, al menos, una titulación de FP. Acaban de crear un grupo de trap y les gustaría vivir de la música. “Sabemos que valemos para mucho, yo he visto que lo importante no son los estudios que tengas, sino cómo te sepas mover ahí dentro”, dice Unai, que asegura que en el Parque de Atracciones trabaja mano a mano con jóvenes con grado universitario y máster que cobran menos que él.

Unai (izquierda) sentado junto a Rubén, Nerea y Alejandra en una plaza de Fuenlabrada, en Madrid.
Unai (izquierda) sentado junto a Rubén, Nerea y Alejandra en una plaza de Fuenlabrada, en Madrid.Samuel Sánchez

Los datos, en cambio, no le dan la razón. En una charla del gobernador del Banco de España, Pablo Hernández de Cos, en una jornada con jóvenes esta semana, dijo que los ingresos individuales de los que cursan bachillerato son un 18% superiores a los de aquellos que solo cuentan con el título de la ESO, y un 26% más en el caso de los que tienen un grado medio de FP. Los estudios universitarios suponen una rentabilidad adicional del 20%.

Sobre el nivel de estudios más demandado por las empresas en 2022, el informe Infoempleo de Adecco señala que los grados universitarios fueron requeridos en el 37,3% de las ofertas de empleo publicadas, mientras que en el caso de la formación profesional fueron el 34,75% de las vacantes (13,36% para grado medio y 21,39% para grado superior), frente al 15% de los empleos que demandaron únicamente un título de la ESO.

Según los datos del Índice de Capacidades Económicas 2018-2023, publicado esta semana por la Fundación FAD Juventud, son “especialmente preocupantes” las tasas de población joven en riesgo de pobreza y exclusión, que en 2023 se situó en un 27,3%, así como el desempleo juvenil (22,4%), que dobla la media europea (11,3%). “Esto no solo afecta a su autonomía, sino que también puede influir en su bienestar emocional y desarrollo personal”, señala el informe.

Nacho Sequeira, director general de la Fundación Exit —lanzada en el año 2000 para reducir el abandono educativo temprano de chavales en situación de vulnerabilidad social a través de una buena orientación—, asegura que el perfil de joven en riesgo de exclusión social ha cambiado en los últimos años, de forma que ya no se centra exclusivamente en migrantes, en chicos que han pasado por los servicios sociales o han estado en centros de menores o son de etnia gitana. “Se están difuminando esas barreras que antes eran tan claras, y ahora nuestros programas van a por aquellos que están cursando FP básica en barrios con mayor vulnerabilidad socioeconómica”.

La definición tradicional que hace la ONG EAPN-ES (Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social) del joven vulnerable en España es similar a la que plantea Sequeira: es aquel con un muy reducido nivel de formación unido a experiencias de fracaso escolar, jóvenes migrantes (algunos en situaciones de irregularidad o refugiados), minorías étnicas, o los que viven en barrios degradados.

La empresa, ese lugar gris

Uno de los programas de la Fundación Exit es el Proyecto Coach, en el que forman a voluntarios en empresas para que hagan de mentores de esos chavales, de modo que les enseñen sus compañías por dentro y les ayuden a descubrir su vocación, con el objetivo de motivarlos para que no abandonen su formación —la tasa de finalización de la FP Básica es del 57%—. Durante seis sesiones, el voluntario presenta al joven diferentes departamentos de la empresa. Desde que se lanzó el proyecto en 2013, 6.289 empleados de 291 empresas han guiado a 6.211 jóvenes (el 83% de ellos ha seguido estudiando tras su paso por el programa).

“En su imaginario tienen la idea de una cadena de producción, ven la empresa como un lugar supergris, serio, en el que si se equivocan les van a regañar fuerte. Con esta experiencia se desmontan muchos mitos”, explica Sequeira, que considera que “ya le puedes exponer al joven todas las estadísticas del mercado laboral, que si no tiene claro quién quiere ser, no le servirán para nada”.

Dentro del giro que Nerea ha querido dar a su vida, están las seis sesiones en Adecco dentro de este programa de mentores. En una de ellas, Marta Romero, consultora de recursos humanos de la empresa, le da consejos muy prácticos para elaborar su currículum y trucos para triunfar en los procesos de selección. “¿Conoces la candidatura espontánea? Se trata de acceder al mercado oculto y contactar con los perfiles que hacen la selección de candidatos”, le explica.

En plataformas como LinkedIn, se pueden hacer búsquedas con palabras clave como recruiter, talent adquisition manager, o talento, de forma que se identifican los perfiles de recursos humanos de las compañías. Su consejo es que le mande un mensaje con una breve presentación (qué es lo que le ha interesado de esa empresa, qué valores comparte… todo ello con un trabajo previo de investigación), incluso antes de que se abra un proceso de selección. “Es una oportunidad que no puedes perder, a ese responsable le llegarán decenas de presentaciones, pero nunca sabes si la tuya le llamará la atención”.

Sobre el currículum, la duda es siempre la misma: ¿cómo venderme sin experiencia previa? “Tienes que buscar actividades en las que ha destacado tu liderazgo, como un voluntariado. A un chico que hacía escalada le recomendé asociar ese deporte con su constancia y superación”, indica Marta Romero, que ha detectado cómo está penetrando cada vez más el modelo de Estados Unidos y sus currículums ciegos, donde se elimina cierta información, como las referencias temporales en cada una de las experiencias profesionales. “Están eliminando las fechas y las fotos son cada vez más cercanas y naturales, las posadas con los brazos cruzados ya no se usan, es una tendencia que llegó con la covid”.

A Nerea lo que más le asustaba eran los horarios rígidos y las formas, creía que no la tratarían bien y que nunca encajaría en una empresa. “Estoy en una fase de investigación para ver qué es lo que más me gusta, y sí, me veo en un sitio como este”, dice.

Nerea junto a su mentora del Programa Coach de la Fundación Exit, Cristina Vicente, en las oficinas de Adecco en Pozuelo (Madrid), durante una de las sesiones.
Nerea junto a su mentora del Programa Coach de la Fundación Exit, Cristina Vicente, en las oficinas de Adecco en Pozuelo (Madrid), durante una de las sesiones. Pablo Monge

El informe de la OCDE How youth explore, experience and think about their future (“Cómo los jóvenes exploran, experimentan y piensan en su futuro”), publicado en 2021, analizó la trayectoria durante más de 10 años de 67.000 estudiantes de entre 14 a 16 años y concluyó que aquellos a los que la vida les fue mejor habían hecho tres actividades clave: autoconocerse, explorar el mercado laboral, y experimentar profesiones. En España, no llega al 10% el número de estudiantes que aseguraran haber realizado estancias en empresas a los 15 años —según se extrae de los datos recopilados por el informe PISA—, frente al 20% de media de los países europeos de la OCDE.

Son las seis de la tarde y Nerea se despide de Rubén y Unai, que se alejan de la plaza hacia un supermercado donde venden a euro las latas de bebidas energéticas. En su móvil, revisan algunas de las letras de sus canciones, que son una declaración de intenciones: “Algún día estaremos en la cima”, “somos los dueños de la noche”. “Son como búhos, están siempre en la calle, son los chavales del barrio”, cierra Nerea, que gira la esquina en otra dirección.

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