Dom. May 19th, 2024

Cantos de pájaros en Spillville y cría de palomas en Vysoká, pero también observación de máquinas ferroviarias en Praga y de buques en Nueva York. La música de Antonin Dvořák siempre trató de conjugar la pasión por el campo y por la ciudad. En una reciente exposición, en el Museo Nacional de la capital checa, se pudo contemplar el libro que utilizaba Dvořák para identificar sonidos de aves en sus paseos matutinos. Y, en la primera página del autógrafo de su Séptima sinfonía, leemos esta famosa anotación: “Este tema me surgió cuando el tren del Festival de Pest estaba entrando en la estación central, en 1884″.

Era fácil identificar, el pasado miércoles, 6 de marzo, esas obsesiones del compositor checo por los pájaros y los trenes escuchando su Sinfonía núm. 9, Del Nuevo Mundo. Semyon Bychkov subrayó estas asociaciones al frente de la Filarmónica Checa, durante su segundo concierto en el Auditorio Nacional de Madrid. Y reconocimos con facilidad el canto del petirrojo americano en el oboe de Jana Brožková y el sonido de la chara azul en la flauta de Andrea Rysová, al final del famoso largo. Pero también el insistente rugir de un humeante monstruo metálico, en el inicio del molto vivace, con esa poderosa cuerda grave que incluye entre sus primeros contrabajos al malagueño Gonzalo Jiménez Barranco.

El maestro ruso regresaba a España de la mano de Ibermúsica junto a la orquesta que dirige como titular, desde 2018, para iniciar una gira europea de 14 conciertos. Una tournée dedicada al inminente 120º aniversario de la muerte de Dvořák, que se inició, el pasado día 4, en el recién rehabilitado Palau de la Música de Valencia. Proseguirá, hoy jueves, en Barcelona, tras dos conciertos en Madrid, y, más adelante, pondrá rumbo a Viena, pasará por tres ciudades alemanas y culminará en París, después de una actuación en Bélgica. En los atriles las tres últimas sinfonías del compositor de Nelahozeves junto a la trilogía de oberturas Naturaleza, vida y amor y sus tres conciertos para piano, violín y violonchelo, con los pianistas András Schiff y Bertrand Chamayou, el violinista Augustin Hadelich y el violonchelista Pablo Ferrández.

El violinista Augustin Hadelich y el director Semyon Bychkov (de espaldas) durante la interpretación del 'Concierto para violín' de Dvořák, el pasado miércoles en Madrid.
El violinista Augustin Hadelich y el director Semyon Bychkov (de espaldas) durante la interpretación del ‘Concierto para violín’ de Dvořák, el pasado miércoles en Madrid.PETRA HAJSKA

Las actuaciones españolas se han limitado a las sinfonías Octava y Novena junto a los conciertos para violín y violonchelo y las dos primeras oberturas. Obras todas (a excepción del concierto violinístico) de los últimos años del compositor checo, desde 1889 hasta 1894, en que logró una síntesis tan personal como ecléctica entre el uso de elementos folclóricos checos y los modelos sinfónicos combinados (aparentemente incompatibles) de Brahms y Wagner. Esa variante populista del romanticismo tardío, en palabras de Leon Botstein, que hoy sigue llenando auditorios con un éxito asegurado.

La Filarmónica Checa lleva esta música en sus genes. No olvidemos que esta orquesta nació desgajada del conjunto de músicos del Teatro Nacional, en enero de 1896, para satisfacer las necesidades sinfónicas de Praga, aunque también con fines benéficos. El mismísimo Dvořák dirigió su concierto inaugural en su actual sede, la sala bautizada con su nombre en el Rudolfinum, con un programa monográfico que culminó con la Sinfonía del Nuevo Mundo. En Madrid, Bychkov trató de combinar su visión objetiva y cosmopolita de esta partitura de Dvořák con la tradición de la orquesta. Pero su interpretación fue mejorando con el paso de los minutos. Sonó ordenada y flexible, con maravillosos solos en la madera (como el famoso y bellísimo de corno inglés que tocó Vojtěch Jouza), pero con el lastre del viento metal, y especialmente de las trompas y las trompetas. Y lo mejor llegó en el allegro con fuoco final donde el maestro ruso hilvanó con tino los ecos checos y los sones autóctonos norteamericanos.

El concierto del miércoles se abrió con una interpretación de la obertura Carnaval, op. 92 tan bombástica en su arranque como poco arrebatadora en el exquisito tema en mi menor de los “amantes descarriados”. Una versión, no obstante, bien gobernada desde el podio en su desarrollo y coda, donde Bychkov exprimió al máximo la fogosidad del conjunto checo. Lo mejor fue el Concierto para violín con una memorable actuación como solista de Augustin Hadelich. El violinista italiano-alemán-estadounidense, de 39 años, afrontó con aire rapsódico el dificilísimo allegro, ma non troppo inicial, plagado de todo tipo de dobles cuerdas, arpegios y bariolages. Lució el corpóreo sonido de su Guarneri del Gesù, de 1744, en el adagio, ma non troppo que fue lo mejor de la noche, al ser capaz de cantar y contar con virtuosismo y musicalidad, pero también de dialogar con la orquesta, que ahora contó con excelentes solos de trompa. Y en el finale se subió a la ola sonora del conjunto checo para brillar tanto en el frenético furiant como en la melancólica dumka central.

El violinista Jan Mráček (a la izquierda) y el violonchelista Pablo Ferrández (sobre la tarima) durante el 'Concierto para violonchelo' de Dvořák, el 5 de marzo en Madrid.
El violinista Jan Mráček (a la izquierda) y el violonchelista Pablo Ferrández (sobre la tarima) durante el ‘Concierto para violonchelo’ de Dvořák, el 5 de marzo en Madrid.PETRA HAJSKA

Hadelich ofreció dos propinas donde optó por mudar drásticamente de estilo. Empezó con un arreglo propio del tango Por una cabeza, de Carlos Gardel, donde exhibió el lirismo dialógico de sus dobles cuerdas. Y terminó con una incursión algo académica en el bluegrass estadounidense con Wild Fiddler’s Rag, de Howdy Forrester. Mucho más acertada fue la propina de Bychkov al final, la primera de sus danzas eslavas, la Furiant en do mayor, op. 46 núm. 1, aunque no terminase de encontrar el mordiente de esta música.

Quizá el mejor Dvořák que dirigió Bychkov en Madrid lo escuchamos en la obertura que abrió su primera actuación, el día 5. Una excelente versión de En el reino de la naturaleza, op. 91 con su arco perfectamente trazado, de principio a fin, con ese murmullo de los contrabajos, la propulsión de los primeros violines comandados por el concertino Jiří Vodička y la elegancia de sus maderas con una mención especial para el clarinetista Jan Mach.

Siguió el Concierto para violonchelo con la actuación como solista de Pablo Ferrández. El violonchelista madrileño, de 32 años, cosechó un gran éxito y extrajo un sonido bellísimo de su Stradivarius “Archinto”, de 1689. Pero su interpretación no funcionó en el allegro inicial con frecuentes comprobaciones de afinación, abuso de extremos dinámicos y mayor preocupación por tocar notas que por cantar frases. En el adagio ma non troppo todo mejoró, con una brillante quasi Cadenza, aunque el violonchelista siguió más pendiente de pulir el sonido de su instrumento que de la música. Hubo que esperar al finale para escuchar los mejores momentos musicales de su actuación y, en especial, la bella coda que el compositor reescribió como homenaje póstumo a su cuñada y antiguo amor, Josefína Čermáková, y donde también intervino Jan Mráček, el otro concertino de la orquesta checa.

El director Semyon Bychkov dirigiendo la 'Octava sinfonía' de Dvořák a la Filarmónica Checa, el pasado martes en el Auditorio Nacional.
El director Semyon Bychkov dirigiendo la ‘Octava sinfonía’ de Dvořák a la Filarmónica Checa, el pasado martes en el Auditorio Nacional.PETRA HAJSKA

Ferrández tampoco acertó con la propina ideal. Y optó por insistir en su incuestionable solvencia técnica con un virtuosístico arreglo propio de la pieza pianística Asturias, de Albéniz, una composición muy popular y con cierto protagonismo en la reciente película Anatomía de una caída. Regresó Dvořák, en la segunda parte, con otra interpretación cosmopolita y desapegada, esta vez de la Octava sinfonía. Bychkov desplegó su asombrosa técnica, fluida y precisa, que aseguró una interpretación musicalmente irreprochable. Pero faltó cohesión y sentido rapsódico tanto en el allegro con brio como en el adagio, donde el compositor utiliza varios temas que conjuga con cambios modales y rítmicos. En el tercer movimiento, la bellísima dumka, que procede de su ópera Los amantes obstinados, sonó poco idiomática y no terminó de elevarse. Los problemas en el metal, que habían asomado en el Concierto para violonchelo fueron a más en esta sinfonía. Y el Finale resultó bastante plano por mucho que en la coda se intentase compensar con excesos.

Para cerrar este primer concierto, Bychkov volvió a añadir una propina ideal extraída de las danzas eslavas, de Dvořák. En este caso dirigió una magnífica interpretación de la melancólica y chispeante Starodávny en mi menor, op. 72 núm. 2. Se esperaba quizá algo de Bedřich Smetana, que celebró su bicentenario el pasado 2 de marzo, pero optaron por rematar su actuación con la famosísima Danza húngara núm. 1, de Brahms, como segunda propina. El compositor alemán siempre admiró la inventiva musical de su querido Dvořák y compartió con él cierto interés por los avatares del progreso tecnológico. Pero, en esto último, el checo siempre le ganó por goleada, tal como podemos comprobar con esta famosa cita: “¡Daría todas mis sinfonías por haber inventado la locomotora!”.

Ibermúsica. Series Arriaga y Barbieri. Temporada 2023/24

Obras de Dvořák. Pablo Ferrández (violonchelo), Augustin Hadelich (violín). Orquesta Filarmónica Checa. Semyon Bychkov (dirección). Auditorio Nacional, 5-6 de marzo. 

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