Dom. Jun 23rd, 2024

Rishi Sunak ha sido incapaz, horas después de sorprender a aliados y rivales con su anuncio de un adelanto electoral para el 4 de julio, de garantizar incluso el cumplimiento de su promesa estrella. El primer ministro ha admitido que no despegará un solo vuelo con inmigrantes irregulares destino a Ruanda antes de esa fecha. “Si me eligen a mí los votantes, si sigo siendo primer ministro el 5 de julio, los aviones comenzarán a despegar, y pondremos en marcha el efecto disuasorio necesario para evitar que sigan llegando botes [a las costas de Inglaterra]. No hay otro modo de hacerlo”, ha asegurado en GB News. Junto a esa promesa arrojaba una acusación a su rival laborista, Keir Starmer, que ha prometido desmontar el plan de deportaciones: “[Starmer] cree que deberíamos ofrecer una amnistía a todos los inmigrantes ilegales. Quiere convertirnos en la entrada más suave a territorio europeo”, ha afirmado el jefe de gobierno británico.

Sunak afirmó en su día que los primeros vuelos despegarían rumbo al país africano en julio, pero su equipo es consciente de que los desafíos serán enormes. Nada impide que, cuando empiecen a movilizar a los inmigrantes seleccionados para su deportación, un alud de recursos ante los tribunales vuelva a paralizar la operación. Y nada garantiza, tampoco, que las cifras de embarcaciones que cruzan el canal de la Mancha vayan en aumento cuando mejore el tiempo, desmintiendo así el pretendido efecto disuasorio que promete el Gobierno. Conclusión: el primer ministro ha elegido para su campaña una retórica del miedo antes que unos inciertos resultados.

Era una más de la ronda de entrevistas que Sunak ha dado desde primera hora de este jueves, para explicar y defender una decisión que, a primera vista, carece de lógica para muchos de los diputados conservadores. Todos habían planificado sus proyectos políticos y personales con la mirada puesta en unas elecciones en octubre y noviembre.

Mejor… imposible

Cuando el primer ministro convocó este miércoles a sus ministros para anunciarles el adelanto electoral, que solo conocía un reducido grupo de colaboradores cercanos, podría haberles preguntado en voz alta la misma pregunta que lanza Jack Nicholson a los pacientes en la sala de espera del psicólogo en la película Mejor… Imposible: “¿Y si esto es lo mejor que hay?”

Convencido de que la economía o la inflación, a pesar de la mejora de los datos, no van a ofrecer beneficios inmediatos a los votantes de aquí a final de año; resignado a mantener el plan de Ruanda más como amenaza que como realidad, y consciente de que las encuestas no se mueven y dan al Partido Laborista una ventaja arrolladora, Sunak ha llegado a la conclusión de que su única baza era el factor sorpresa: transmitir a los suyos la tensión electoral que hasta ahora no tenían, concentrar la atención de los votantes —sobre todo de los conservadores— para que decidan entre él o Keir Starmer, e intentar apropiarse de la iniciativa en el debate. Arrastrar los pies hasta octubre, ha pensado, hubiera transmitido la imagen de un político que se aferra desesperadamente al poder.

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La sombra de Nigel Farage

Todo se habría complicado aún más para Sunak ante la posibilidad de que el político que más ha agitado la escena británica en la última década, el populista Nigel Farage, hubiera decidido presentarse a estas elecciones. A través de un escueto comunicado, sin embargo, el principal impulsor del Brexit junto a Boris Johnson descartaba su participación, y pedía el apoyo de los votantes al Reform Party, la formación populista que él mismo contribuyó a poner en pie. Las encuestas sugieren que uno de cada cinco votantes conservadores podría dar su apoyo a una organización claramente populista, antieuropea y antinmigración. La jugada de Sunak persigue, entre otras cosas, que sus rivales a la derecha tengan menos tiempo para seleccionar candidatos en todas las circunscripciones.

Para bien y para mal, el movimiento arriesgado del primer ministro ha logrado taponar cualquier conato de rebelión en el ala dura de su formación, después de meses de rumores y conjuras. Sunak podrá presentarse a las urnas con un partido más resignado que unido, pero sin ganas de desafinar en las próximas semanas.

Por el “cambio”

El Partido Laborista ya reveló el miércoles, nada más conocerse el adelanto electoral, el eslogan que este jueves han presentado oficialmente: Change (Cambio). Keir Starmer ha demostrado, desde que tomó las riendas de la oposición, una disciplina para ajustarse al mensaje que requería la estrategia de cada momento que, para sus críticos, bordeaba el aburrimiento. Pero que ha resultado eficaz, según las encuestas.

“Estas elecciones suponen una elección entre diferentes países y diferentes futuros. Entre el declive y el caos, si siguen al mando los conservadores, o la reconstrucción que el Partido Laborista pondría en marcha”, ha asegurado Starmer en su primer acto de campaña. Ha escogido Gillingham, en el sureste de Inglaterra, una zona rica de tradición conservadora, para simbolizar su ambición de abarcar tanto voto de clase media como logró Tony Blair en 1997. “Vosotros tenéis el poder del voto. Si queréis cambio, votad por el cambio. Si votáis al Partido Laborista, ayudaréis a frenar todo este caos, a pasar página y a reconstruir el país”, prometía.

Los laboristas son conscientes de que no hay mayor trampa que la sensación entre los electores de que el resultado de las urnas ya está decidido. Su primer grito de guerra, nada más comenzar la campaña, ha sido el de pedir a los suyos que no prestaran atención a las encuestas.

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