Mar. Abr 23rd, 2024

Si nuestro planeta fuera un paciente, ingresaría en cuidados intensivos. Sus constantes vitales son alarmantes. Tiene fiebre, ya que los últimos nueve meses han sido los más calurosos desde que hay registros, mientras nos precipitamos inexorablemente hacia el umbral de los 1,5 grados. Su capacidad pulmonar se ha deteriorado debido a la destrucción de los bosques que absorben dióxido de carbono y producen oxígeno. Y muchos de los recursos hídricos de la Tierra —su savia vital— están contaminados. Pero lo más preocupante de todo es que su estado se agrava rápidamente.

¿Es de extrañar, pues, que la salud humana se resienta, cuando la salud del planeta del que dependemos corre peligro? La salud de los seres humanos, la de los animales y la del medio ambiente en que vivimos están entrelazadas en un vínculo inextricable, pero frágil. Habitamos un único ecosistema que se tambalea en equilibrio precario. Esto no es ningún descubrimiento. Hipócrates, el padre de la medicina, ya escribió en el siglo V a. c. que “el médico trata, pero la naturaleza cura”.

Ahora estamos en proceso de volver a aprender lo que los seres humanos siempre hemos sabido, pero que, desde la revolución industrial, hemos olvidado o desechado: que cuando dañamos nuestro medio ambiente, nos dañamos a nosotros mismos.

Durante siglos hemos saqueado nuestro planeta. Ahora pagamos el precio con una triple crisis planetaria: el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la contaminación.

Están, por supuesto, los efectos inmediatos de fenómenos meteorológicos más frecuentes y extremos, que causan muertes y lesiones, y daños en los establecimientos de salud y otras infraestructuras esenciales.

También están las secuelas a medio y largo plazo: Más olas de calor contribuyen a aumentar las enfermedades cardiovasculares; la contaminación atmosférica espolea el cáncer de pulmón, el asma y las enfermedades pulmonares obstructivas crónicas; las sustancias químicas como el plomo causan discapacidad intelectual y enfermedades cardiovasculares y renales; algunos plaguicidas se asocian a tasas más altas de suicidio en los países en que se pueden conseguir fácilmente; y la sequía y la escasez de agua afectan a la producción de alimentos, de modo que las dietas saludables son menos asequibles.

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Los pequeños Estados insulares en desarrollo corren un riesgo especial, ya que con el aumento el nivel del mar las tierras cultivables disminuyen.

Al mismo tiempo, el cambio climático provoca cambios en el comportamiento, distribución, movimiento, radio de acción y densidad de los mosquitos, las aves y otros animales que propagan enfermedades infecciosas, como el dengue y el paludismo, hacia nuevas zonas.

Desde el cambio de siglo, se ha multiplicado por ocho el número de casos notificados de dengue, enfermedad que ahora afecta a más de 130 países.

El comercio ilegal de fauna silvestre también aumenta el riesgo de transmisión zoonótica, que puede desencadenar una pandemia, y ello subraya la importancia de la prevención primaria para reducir los riesgos.

Las amenazas para la salud derivadas del cambio climático, la contaminación y la pérdida de biodiversidad no son riesgos hipotéticos que podrían darse en el futuro. Están aquí y ahora, y por ello la salud es la razón de más peso para la acción climática. Sin embargo, casi 30 años después de la primera Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, la Conferencia de las Partes en su 28º periodo de sesiones (CP28), celebrado en Dubái el año pasado, fue la primera en incluir un día dedicado a la salud.

La OMS estima que la contaminación, los desechos y las sustancias químicas provocan unos 14 millones de muertes al año, es decir, en torno a una cuarta parte de la carga mundial de morbilidad.

Ahora bien, los efectos no son equitativos. Los habitantes de los países de ingresos bajos y medianos soportan el grueso de las consecuencias para la salud, especialmente en las zonas urbanas de desarrollo rápido.

La OMS presta apoyo en todo el mundo a los países en la preparación y respuesta frente a estas amenazas, haciendo que sus sistemas de salud sean más inocuos y resilientes en relación con el clima y proporcionando los datos necesarios para las herramientas con las que hacer frente a los efectos de la contaminación, los desechos y las sustancias químicas en la salud.

Pero ningún organismo puede hacer esto por sí solo. Las causas de la crisis son multisectoriales. También lo son sus efectos, y también debe serlo la respuesta. Colectivamente, somos responsables de este descalabro. Y colectivamente debemos ponerle solución.

Por ello la Organización Mundial de la Salud, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, y la Organización Mundial de Sanidad Animal colaboran en un grupo denominado Alianza Cuatripartita, que tiene por objeto ayudar a los países a adoptar un enfoque de “Una sola salud”, reconociendo que las políticas relativas a la salud humana, la sanidad animal, la agricultura y el medio ambiente deben basarse las unas en las otras y reforzarse mutuamente.

En la Asamblea de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente celebrada en Nairobi la semana pasada, los países adoptaron importantes resoluciones sobre calidad del aire, sustancias químicas y desechos, estilos de vida sostenibles, plaguicidas potencialmente peligrosos y política hídrica, todas ellas importantes en el objetivo de impulsar una acción sostenida y multisectorial para proteger la salud de las personas y el planeta.

También se comprometieron a seguir trabajando en la negociación de un instrumento internacional jurídicamente vinculante sobre la contaminación por plásticos.

El enfoque de “Una sola salud” también es un elemento crucial en el acuerdo jurídicamente vinculante sobre pandemias que los Estados Miembros de la OMS negocian en estos momentos.

El paciente está en peligro. Y ponerle esparadrapo no solucionará el problema. Necesitamos una acción transformadora a nivel nacional, regional y mundial en los sistemas de energía y transporte, los sistemas alimentarios y los sistemas de salud. Y como organismos de las Naciones Unidas, debemos hacer todo lo posible por liberarnos de nuestras mentalidades aisladas y trabajar juntos para poner en marcha una acción multilateral eficaz, inclusiva y sostenible, porque no tenemos otra opción.

En la víspera de Navidad de 1967, a menos de cuatro meses de su asesinato, Martin Luther King dijo: “Realmente se reduce a esto: toda la vida está interrelacionada. Estamos todos atrapados en una red ineludible de reciprocidad, envueltos en una sola prenda de destino. Lo que afecta a un destino, afecta a todos indirectamente”.

Pese a todo lo que nos diferencia, somos una sola especie, compartimos el mismo ADN y el mismo planeta. No tenemos más futuro que un futuro común.

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