Mar. May 21st, 2024

Los primates tienen cultura, es algo aceptado desde hace años. Un ejemplo son los grupos de orangutanes que habitan en las dos orillas del río Kapuas, en la isla de Borneo (Indonesia). Con 150 metros de ancho, es infranqueable para estos animales, que han desarrollado una dieta muy diferente en las dos orillas. Aunque dentro de cada sociedad se come prácticamente lo mismo, cuando se comparan riberas, los alimentos varían en un 60%. Estos hábitos culturales se pueden transmitir de generación en generación con una fidelidad pasmosa. En Panin, en Costa de Marfil, se han encontrado pruebas arqueológicas de que los chimpancés de esa región usaban como cascanueces hace 4.000 años el mismo tipo de piedras que emplean ahora sus descendientes para la misma tarea. En Brasil, se han hallado restos similares de que una población de monos capuchinos llevan más de siete siglos abriendo anacardos con las mismas herramientas.

Como parte de un camino científico que está llevando a reconocer capacidades cada vez más sofisticadas en los animales, hoy se publica en la revista Nature Human Behaviour un artículo en el que se pone a prueba su capacidad para la acumulación cultural, característica de los humanos, una vez que se asume que los chimpancés (y muchos otros primates) tienen cultura. “Un clip metálico para sujetar unos papeles, algo tan simple, solo es posible porque nosotros somos capaces de tener acumulación cultural. Es probable que no haya nadie en el planeta hoy con todo el conocimiento necesario para producir un clip, desde la extracción de los minerales hasta todo lo demás. Ese conocimiento está distribuido entre mucha gente y se ha acumulado a lo largo de muchas generaciones”, explica Josep Call, primatólogo de la Universidad de Saint Andrews, en Reino Unido, y coautor del estudio.

Hasta ahora, se plantea que, aunque los chimpancés aprendan de su entorno qué comer o cómo partir una almendra, con un poco de tiempo, podrían haber desarrollado esas capacidades sin ayuda. Sin embargo, no podrían aprender nuevas técnicas más allá de sus habilidades, algo necesario para acumular conocimientos complejos que, a largo plazo, permitan crear objetos tan alejados de las capacidades de un solo individuo como un clip metálico.

Para averiguar si los chimpancés pueden aprender procesos complejos alejados de su capacidad individual, los investigadores pusieron a prueba a 66 individuos. Para conseguir unos cacahuetes, los animales tenían que interactuar con una especie de máquina expendedora que requería varios pasos para ofrecer la recompensa. Necesitaban tomar una pelota de madera, tirar de un cajón y mantenerlo abierto, introducir la pelota y después cerrar el cajón para que cayesen los cacahuetes. Los chimpancés intentaron resolver el enigma durante tres meses, sin éxito. Sin embargo, después de que los humanos enseñasen a dos chimpancés a superar el problema y estos mostraran sus habilidades delante de sus compañeros, hubo 14 más que pudieron conseguir los cacahuetes. Lo habían aprendido de sus compañeros.

Aunque no sea la prueba definitiva, el resultado muestra que pueden aprender comportamientos concretos que están fuera de su alcance y eso les dotaría de una capacidad para seguir acumulando innovaciones y transmitirlas entre generaciones, aunque de momento no se ha identificado esta acumulación cultural en la naturaleza.

Experimento que muestra que los abejorros aprenden también socialmente.Vídeo: Queen Mary University of London

Los chimpancés son los animales vivos más próximos a nosotros y sus comportamientos se pueden interpretar como un fósil viviente con el que reconstruir la historia de la mente humana, pero el aprendizaje social no parece un fruto de etapas tardías de la evolución. En un trabajo que se publica hoy en la revista Nature, un grupo de investigadores muestra que los abejorros también pueden adquirir habilidades, que no desarrollan por sí mismos, aunque se les deje intentarlo un tiempo mirando cómo lo hacen otros. En un experimento similar al de los chimpancés, un grupo de abejorros se enfrentó a una prueba que, una vez superada, les conduciría a una recompensa dulce. Aunque no fueron capaces de resolver el rompecabezas por su cuenta, cuando se entrenó a algunos abejorros para superar el examen y mostraron sus habilidades a sus congéneres, otros insectos empezaron a realizar todas las tareas necesarias en la secuencia correcta para obtener su premio.

En la naturaleza no se han identificado comportamientos de las abejas que se consideren culturales y esto hace que los investigadores se pregunten por qué ha aparecido una capacidad con tanto potencial si no se usa. Alice Bridges, investigadora de la Universidad de Sheffield (Reino Unido) y primera firmante del artículo, cree que la ausencia de evidencias de que los abejorros tienen una cultura acumulativa no significa que no exista. “Es posible que una parte importante de su comportamiento, que generalmente consideramos innato, podría tener algún componente cultural que no hemos identificado porque no lo hemos buscado y hemos asumido como innato y simple porque asumimos que los insectos son simples”, apunta. Otra posibilidad sería que, aunque los abejorros tengan capacidad para resolver problemas, aprender socialmente o muestren un comportamiento flexible, porque les es útil para su vida diaria, no empleen esas habilidades para construir una cultura porque no tienen necesidad. “Por poner un ejemplo, no esperarías que las abejas, tengan cultura acumulativa o no, empiecen a construir coches o bicicletas como los humanos, porque ya pueden volar”, afirma Bridges.

Pese a que los experimentos sugieren que la capacidad de aprender tareas difíciles, que está en la base de una cultura incremental, parezca algo compartido por todo tipo de animales, es evidente que los humanos la han desarrollado de manera excepcional. Quizá, en algún momento de la historia evolutiva humana, nuestros ancestros se enfrentaron a circunstancias en las que la acumulación cultural favoreció su supervivencia. Ahora, además de acumular pequeñas innovaciones, los sapiens realizan cambios revolucionarios, como el paso del coche de combustión interna al eléctrico. “Es la misma solución para el transporte, pero el sistema es completamente diferente”, ejemplifica Call. “Ese tipo de cambio radical, revolucionario, todavía no lo hemos encontrado en los chimpancés”, añade.

En la incorporación de las innovaciones, también es interesante el papel de los individuos excepcionales, que son capaces de hacer por primera vez cosas que después se incorporarán a la cultura común. Por un lado, ese tipo de mentes, responsables de una gran cantidad de novedades y que se han visto en varias especies de primates, son escasas. Y es posible que sus nuevos modos no siempre se acepten con entusiasmo. “La cultura es una cosa curiosa, porque surge de la tensión entre dos fuerzas, entre que las cosas se continúen haciendo como se han hecho siempre, porque si no, no se transmiten, y no hay cultura, y la fuerza que permite introducir cambios que se adoptan y hacen cambiar la cultura, es un choque entre los individuos que propugnan unos cambios y el no cambio [que favorece la inercia] del grupo”, apunta Call. A falta de profundizar en esta nueva capacidad animal, parece que deja de ser un rasgo exclusivo de los humanos, como antes sucedió con el uso de herramientas, la comunicación intencional o la capacidad para tener recuerdos concretos del pasado.

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