Vie. May 24th, 2024

En la novela David Copperfield, el escritor Charles Dickens nos habla de esa experiencia común a los humanos donde lo que estamos viviendo parece que ya lo hemos vivido antes, en un tiempo pasado, como si recordásemos el propio presente. Es lo que se viene a llamar déjà vu, lo ya visto, un tipo de paramnesia que Freud, siempre pendiente de los misterios de nuestros instintos, definió como el recuerdo de una fantasía inconsciente junto con un deseo de mejorar la situación actual.

La ciencia, empeñada en arrojar luz sobre el arcano, nos habla de interacciones neuronales que se ralentizan en el lóbulo temporal, y por eso nos parece que estamos recordando el presente, cuando, en realidad, lo que nos sucede es que lo confundimos con el pasado. Según los estudios científicos hay tres tipos de déjà vu. Por un lado tenemos el déjà vécu donde percibimos todo al detalle, igual que lo fue antes. Por otro lado tenemos el déjà senti, lo ya sentido y, por último, tenemos el déjà visité, que viene a ser lo ya visitado.

Ahora que ha muerto Paul Auster vamos a celebrar al autor de Brooklyn recordando que cada novela suya, cada historia suya, es un déjà vu de todas las anteriores, y esto mismo se puede extender hasta la primera de ellas que es Ciudad de cristal y que predice sus obras futuras. Porque el autor de Brooklyn manipulaba el tiempo físico y lo removía hasta embaucarnos en el juego literario.

El científico que más se aproxima a una explicación del déjà vu salpicada por la magia de la literatura es Michio Kaku. Según el físico teórico estadounidense, podría tratarse del recuerdo de un momento en el que nuestras vibraciones dan con una frecuencia que nos conduce a otra dimensión. Para argumentar esto, Michio Kaku expone que somos ondas que vibran y que luego se separan con el tiempo, es decir, que ya no vibran al unísono. De esta manera, un déjà vu es un fragmento de nuestra memoria que nos lleva a reconstruir acontecimientos con los que hemos perdido relación, pues ya no vibramos al mismo tiempo que ellos.

Una explicación austeriana, sin duda, y que nos lleva hasta Brooklyn donde, tras la muerte de su padre, en 1979, Paul Auster dejó de vivir en el presente y aunque sabía que estaba en el presente, “tenía la sensación de estar contemplándolo desde el futuro, y este presente-pasado le resultaba tan antiguo que hasta los horrores cotidianos que en otro momento lo hubieran llenado de furia, le parecían remotos, como si la voz de la radio leyera la crónica de una civilización perdida”.

Esa nostalgia por el presente nutre el corpus literario de una obra donde lo que Paul Auster está viviendo da la sensación de que ya lo hemos vivido mucho antes, en un mundo paralelo con el que ya hemos perdido conexión, pero que, gracias a la lectura de las novelas de Auster, volvemos a conectarnos.

El hacha de piedra es una sección donde Montero Glez, con voluntad de prosa, ejerce su asedio particular a la realidad científica para manifestar que ciencia y arte son formas complementarias de conocimiento.

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