Lun. Abr 22nd, 2024

Se dice que las mariposas son hijas del sol y Hermann Hesse les dedicó poemas. Nabokov las coleccionaba y los griegos las llamaron psyche, igual que el alma, porque cuando morimos el alma abandona el cuerpo como si fuera una mariposa.

Sin duda alguna, se trata del insecto más bello y poético de todos los que conocemos; también del más misterioso, su envoltura pupal se asemeja a la de una momia cuyas alas sombrean a la espera del estallido. Cuando ocurre, dejan atrás la pupa; y con las alas húmedas salen dispuestas a desencadenar un tornado en Texas, por decirlo a la manera de la teoría del caos, tan apropiada siempre que se habla de lepidópteros.

El mismo Nabokov sabía que el vuelo de una mariposa es impredecible cuando se trata de pronosticar su rumbo a las claras del día, aunque se hace posible a la noche, cuando el sol se oculta y se dispone un foco de luz ultravioleta para atraerlas. De esta manera, las mariposas se acercan a los fluorescentes y el experimento se pone en práctica una vez que las polillas van entrando en una bolsa donde quedan atrapadas junto a otros insectos. Es cuando se procede a su identificación. Este mismo método fue el que aplicó el biólogo alemán Josef H. Reichholf en sus tiempos de estudiante, a finales de los años sesenta.

Desde aquel momento tan mágico, a Reichholf se le fue haciendo evidente que cada vez capturaba menos mariposas. Esto supuso un aviso, “una inequívoca señal sobre los cambios que estaba sufriendo nuestra naturaleza”, apunta Reichholf en su libro La desaparición de las mariposas (Crítica), un ensayo que nos introduce en el misterio de los lepidópteros y su relación con el entorno donde habitan; un libro esencial para conocer el mundo mágico de las mariposas cuya carga crítica lo convierte en un trabajo de denuncia acerca del exterminio que están sufriendo.

Reichholf señala el deterioro del ecosistema como el origen de la desaparición de las mariposas; un desastre originado por el uso de herbicidas tóxicos como el glifosato, y también por la sobrefertilización y los monocultivos que surgen cuando se arrasan grandes extensiones de terreno -hábitats de mariposas- para la construcción de granjas industriales. Todo ello da lugar a una corriente migratoria de mariposas a las grandes ciudades.

Como bien dice Reichholf, “por increible que parezca, la fauna y la flora de las ciudades son más naturales que la de las plantaciones y bosques comerciales. Porque nadie introduce y convoca a las plantas silvestres y animales de la ciudad”. Hemos llegado a tal punto que los aparcamientos de cualquier polígono industrial tienen más vida que ofrecer a los insectos que las extensiones sembradas de maíz.

En resumidas cuentas, lo que viene a decirnos Reichholf en su trabajo es que el modelo de comportamiento caótico que domina el campo de la economía global no funciona, y lo que está ocurriendo con las mariposas es tan sólo uno de los muchos ejemplos de la catástrofe en la que andamos inmersos.

El hacha de piedra es una sección donde Montero Glez, con voluntad de prosa, ejerce su asedio particular a la realidad científica para manifestar que ciencia y arte son formas complementarias de conocimiento.

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