Vie. May 24th, 2024

“¿Por qué los perros no pueden bailar?” Esta fue la pregunta que en 2006, el profesor de biología cognitiva W. Tecumseh Fitch lanzó a la comunidad científica. Por aquel entonces, en el ámbito científico no se tenía constancia de que ningún animal, aparte del ser humano, fuese capaz de bailar, entendiendo bailar como la capacidad de sincronizar movimientos motores con el ritmo de una música. Esto presentaba una paradoja. ¿Por qué un fenómeno que parece tan sencillo, es tan raro en la naturaleza?

La producción de sonidos rítmicos y movimientos es algo común entre los animales. Lo vemos cuando los grillos estridulan frotando sus alas, cuando los gorilas espalda plateada se golpean el pecho con los puños o cuando los lémures indri vocalizan para comunicarse con su grupo. También se ha conseguido entrenar a ratas y monos para que presionen una palanca al ritmo de un metrónomo. Pero de ahí a ser capaz de identificar el ritmo en una música compleja, en la que ningún instrumento tiene por qué marcarlo, y de moverse voluntariamente en sintonía, hay un trecho.

Hay algo que es evidente: para poder bailar al ritmo de una melodía, hacen falta melodías con ritmo. Y para que haya melodías con ritmo, hacen falta humanos. En nuestra especie, la música puede ser algo individual, pero sobre todo, se trata de una actividad colectiva. Necesitamos que haya un ritmo. Es muy difícil coordinar a toda una orquesta, un grupo de rock, o un coro si no hay un pulso continuo que seguir. Nadie espera ir por la selva y encontrarse a un grupo de monos bailando, y es que, para empezar, en la selva no hay melodías complejas que sigan un ritmo.

Sin embargo, hay animales domésticos como los perros, los gatos, las ovejas o las vacas, que llevan viviendo miles de años en entornos con música y nunca les ha dado por mover el esqueleto. Podemos poner música y animar a nuestras mascotas a que se muevan con nosotros, o hacer montajes de vídeo pero, lo que la evidencia científica parece indicar de momento, es que los perros no bailan. De ahí la pregunta de Fitch.

También en 2006, otro científico llamado Aniruddh D. Patel sugirió una explicación: para poder bailar es necesario tener aprendizaje vocal. Esta es la capacidad de imitar con el tracto vocal sonidos nuevos que escuchamos en nuestro ambiente. Aunque los humanos lo hacemos con mucha facilidad, este es un rasgo raro que ha surgido en unos pocos grupos de animales, como los pájaros cantores, los loros o los cetáceos. Ni siquiera nuestros parientes más cercanos, los chimpancés y bonobos, poseen un aprendizaje vocal complejo.

¿Qué llevó a Patel a plantear esta hipótesis? En un experimento anterior, había comprobado que a los humanos se nos da mucho mejor movernos al ritmo de un estímulo auditivo que de un estímulo visual. Y otros estudios habían mostrado que, cuando escuchamos una música, se nos activan en el cerebro áreas motoras, aunque no nos estemos moviendo. Eso sugería que la percepción del ritmo debía involucrar un procesamiento cognitivo especializado que integrase la información auditiva y la motora.

Entre las distintas fuerzas evolutivas que podrían propiciar esta integración, el aprendizaje vocal le pareció a Patel un buen candidato, ya que requiere escuchar un sonido y reproducirlo con nuestro aparato vocal. Por tanto, su hipótesis predecía que solo las especies que hubiesen desarrollado aprendizaje vocal podrían bailar al ritmo de la música.

Tan solo un año después de que Patel plantease su hipótesis, una cacatúa llamada Snowball alcanzó fama mundial por salir en un vídeo de YouTube bailando al ritmo de Another one bites the dust, de Queen. Mediante un experimento, Patel y su equipo de investigación del Instituto de neurociencias de San Diego, Estados Unidos, demostraron que efectivamente Snowball sincronizaba sus movimientos con la música. Cuando manipulaban el tiempo de la canción, automáticamente la cacatúa ajustaba el ritmo de sus movimientos. Dado que las cacatúas tienen aprendizaje vocal, este hallazgo respaldaba su hipótesis.

Pero en 2013 llegó Ronan, un león marino que puso en cuestión las ideas de Patel. Ronan fue entrenado por un equipo de la Universidad de Santa Cruz de California para sincronizar los movimientos de su cabeza con un ritmo musical. En el estudio, los autores concluyeron que, dado que los leones marinos no tienen un aprendizaje vocal muy flexible, la hipótesis de Patel quedaba refutada, y que es posible que la capacidad que muestra Ronan esté más extendida en el mundo animal.

Este descubrimiento abrió un debate. ¿Realmente Ronan es la prueba de que el aprendizaje vocal y el baile no tienen relación? Patel lo niega. Ronan fue sometido a un entrenamiento muy intensivo cuando aún era muy joven. Probablemente, no podría haberlo hecho de adulto y sin entrenamiento. Además, los leones marinos, aunque igual no llegan al nivel de los loros o los humanos, sí que tienen aprendizaje vocal, de hecho, aún se desconoce hasta qué punto.

Un aspecto que sí ha llevado a Patel a revisar su hipótesis es que hay animales como los pájaros cantores que, a pesar de tener aprendizaje vocal, no parece que sean capaces de bailar. En una revisión publicada en 2021, propone que quizás solo puedan hacerlo aquellas especies con un mayor grado de aprendizaje vocal. Esta no es una característica que los animales tengan o no, sino un rasgo que se expresa en mayor o menor medida. Por ejemplo, se considera que los chimpancés tienen un cierto aprendizaje vocal, aunque muy limitado, porque son capaces de modificar ligeramente sus vocalizaciones innatas. En el otro extremo estamos los humanos y los loros (grupo al que pertenecen las cacatúas), que mostramos una gran plasticidad vocal.

Es posible que solo nosotros y los loros tengamos conexiones cerebrales entre las áreas motoras y auditivas lo suficientemente fuertes como para poder bailar. El aprendizaje vocal podría tratarse de una preadaptación, es decir, un cambio evolutivo que aparece con una función determinada, pero acaba posibilitando también otra distinta, en este caso, el baile. Un ejemplo clásico de preadaptación son las plumas de las aves, que aparecieron en los dinosaurios con una función termorreguladora mucho antes de servir para el vuelo.

Si la ciencia sigue avanzando y, si se demuestra definitivamente que Patel está en lo cierto, ya sabremos por qué los perros no pueden seguir el ritmo de una canción. Desde luego, parece mentira que para llevar a cabo una actividad tan aparentemente sencilla como bailar, los animales hayamos tenido que aprender primero a hablar.

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