Mié. Feb 21st, 2024

La cuarta dimensión es una realidad matemática, de eso no hay duda. Lo que resulta discutible es que sea una realidad en el espacio. Con todo, hubo científicos, y los sigue habiendo, dispuestos a aceptar la realidad espacial. El matemático Charles H. Hinton (1853-1907) fue uno de ellos, como también lo fue el matemático alemán Georg Friedrich Bernhard Riemann (1826-1866).

Sin ir más lejos, en nuestros días, el científico Michio Kaku relaciona la cuarta dimensión espacial con las vibraciones en el hiperespacio que dan lugar a la teoría de supercuerdas, ya que, dicha teoría requiere un espacio-tiempo de 10 o más dimensiones. Con tales antecedentes, y seducido por la combinación entre ciencias físicas y literatura, Jacobo Siruela acaba de llevar a cabo la edición de un volumen donde se reúnen tres textos fundamentales para introducirnos en el universo de la cuarta dimensión espacial.

El primero de ellos es una novela de 1884 que fue escrita por Edwin A. Abbott y titulada Planilandia. Se trata de una sátira matemática que, de manera didáctica, nos ayuda a comprender con sencillez en qué consiste el campo de las dimensiones espaciales. Abbott lo consigue a través de un narrador bautizado como Cuadrado A. El siguiente texto tiene más jugo científico por tratarse de una serie de extractos de La cuarta dimensión, la obra donde Charles H. Hinton nos presenta el desarrollo visual de un cuerpo geométrico tetradimensional que bautizó como teseracto, término que procede del griego antiguo(téssereis aktines, “cuatro rayos”), y que es un hipercubo con 24 caras, 16 vértices y 32 aristas.

Por último, el volumen se cierra con una aproximación artística fundada en el desarrollo de las matemáticas. Este texto se titula La ornamentación proyectiva y viene firmado por el arquitecto norteamericano Claude Bragdon (1866-1946) para el cual, la geometría y los números se encuentran en la raíz de todos los tipos de belleza formal. Porque el número posee el secreto “sentido interior de todas las cosas”.

Combinando la esencia de Pitágoras con la de Goethe en su diálogo con la naturaleza, Bragdon se dirigió hacia el terreno de la geometría tetradimensional; una propiedad real del espacio donde -según Bragdon- la ornamentación y las formas arquitectónicas han de proyectarse. Su discurso expresivo nos remite a Debussy, el compositor francés para el que la música era una matemática misteriosa cuyos elementos participan del Infinito.

En la desaparecida Estación Central de Ferrocarril de Rochester, el arquitecto Claude Bragdon aplicó el sentido pitagórico del número en su relación con las proporciones musicales. Para Bragdon, las estaciones de ferrocarril, así como las fábricas o los lugares de trabajo, no han de dar la espalda a la naturaleza; su construcción armoniosa, siempre en busca de la belleza, ha de ser grata para la sociedad. Bragdon era un utópico; no hay duda.

Con la recopilación de estos textos en un solo volumen nos encontramos ante una acertada combinación de lo fabuloso con lo racional, de lo científico con lo mágico; una oportuna manera – a decir de Bertrand Russell- de estimular la imaginación y liberar el pensamiento “de los grilletes en los que nos tiene apresados la actualidad”. Una lectura apasionante para todas aquellas personas que busquen otra aproximación a la realidad.

El hacha de piedra es una sección donde Montero Glez, con voluntad de prosa, ejerce su asedio particular a la realidad científica para manifestar que ciencia y arte son formas complementarias de conocimiento.

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