Dom. May 19th, 2024

Dicho de manera sencilla, para que todo el mundo lo entienda, un vórtice es lo más parecido a un remolino de corrientes circulares alrededor de un mismo eje. Los vórtices se estudian en ciencias de la atmósfera, que es lo más común, aunque su estudio puede derivar al fluido líquido de las aguas.

Con todo, los vórtices también se dan en el mundo de las partículas invisibles, y fue una de esas hipotéticas partículas subatómicas la que surgió como un vórtice de átomos cuando se le aplicó una carga magnética. Dicha partícula, relacionada originalmente con los bariones (familias de partículas subatómicas formadas por tres quarks) fue propuesta a principios de los 60 por el físico británico Tony Skyrme, de ahí que a estas partículas se las denomine como Skyrmiones.

Tony Skyrme nació en Lewisham en 1922 y toda su vida la dedicó a curiosear en las fluctuaciones de vacío que contienen los átomos, en la estructura nuclear y en las ecuaciones de estado de las estrellas de neutrones. Sin embargo, Skyrme sigue siendo un gran desconocido para la historia de la ciencia. Fallecido en 1987, no pudo llegar a ver el desarrollo de su descubrimiento particular, pues la superposición cuántica de sus vórtices magnéticos ha venido a inaugurar una de las últimas fronteras de la nanotecnología. Para entendernos, estos vórtices magnéticos descubiertos en su día por Skyrme, pueden almacenar bits de información con alta densidad y nos permiten aumentar la capacidad actual de los discos duros alrededor de veinte veces más.

De esta manera, todo lo que cabe en el disco duro de nuestro ordenador lo transportamos en otro mucho más ligero y de tamaño semejante a un grano de arroz. Con estas cosas, podemos asegurar que Tony Skyrme fue un físico que trabajó para la posteridad como pocos, y su nombre podría estar cerca del de John von Neumann cada vez que se habla de ciencia aplicada a las computadoras.

Tony Skyrme es uno de los grandes olvidados, su nombre podría figurar en las páginas del olvido junto al de ese otro matemático y lógico inglés llamado John Venn (1834-1923) que diseñó los diagramas que llevan su nombre y que permiten comprobar la veracidad de un silogismo y que John von Neumann utilizó para su contribución matemática a la teoría de conjuntos. Como curiosidad, hay que decir que John Venn fue un tipo profundamente religioso cuya definición empírica de probabilidad se basa en la frecuencia relativa de lo ya ocurrido con respecto a cierto número de repeticiones de un experimento. De esta manera, la probabilidad de que ocurra algo se define como el límite a largo plazo de la causa de las veces que ese algo ocurrió en el pasado. Pero… dónde queda el límite, dónde queda la frontera. A partir de aquí, las fórmulas se disparan y rozan la improbabilidad cósmica que luego manejaría John von Neumann para sus enredijos matemáticos.

Hay un vórtice maldito en la historia de la ciencia que, en vez de atraer, rechaza algunos nombres y los relega a un segundo plano. Ahora, que Gay Talese se despide con su obra más crepuscular, una colección de retratos titulada Bartleby y yo (Alfaguara) donde el periodista neoyorquino nos descubre a todas esas personas que están en un segundo plano y que nunca fueron protagonistas, estaría bien que alguien tomase el relevo y que llevase ese mismo modelo a la historia de la ciencia y hablase de los grandes descubrimientos debidos a hombres y mujeres que no figuran en primera línea. Un ensayo narrativo, alejado de las enciclopedias, y con la fuerza y la agilidad de una crónica. A ver si.

El hacha de piedra es una sección donde Montero Glez, con voluntad de prosa, ejerce su asedio particular a la realidad científica para manifestar que ciencia y arte son formas complementarias de conocimiento.

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