Dom. May 19th, 2024

En la apertura del disco, Ameriican Requiem, está todo. Beyoncé canta, se explica y se desahoga: “Solían decir que hablaba ‘demasiado country’. / Entonces los Reyes del Rechazo dijeron que no era ‘lo suficientemente country’. / Dije que no me encasillaría, pero si eso no es country, dime qué es. / Pisé mis pies descalzos sobre tierra firme durante años. / Ellos no, no saben lo duro que tuve que luchar por esto”. La cantante expone lo injustos y reaccionarios que han sido algunos sectores de su país al cuestionar que una mujer negra interprete country, un género que ellos creen torticeramente que pertenece exclusivamente a los blancos. Pero como dijo la cantante hace unos días: “Este no es un álbum de country, es un disco de Beyoncé”.

El octavo trabajo en solitario de Beyoncé (Houston, Texas, 42 años), Cowboy Carter, se acaba de editar y contiene chicha para encender los debates de la cultura pop durante las próximas semanas. Un disco para sentar cátedra, de 27 canciones (aunque siete son interludios de un puñado de segundos), con una duración de 80 minutos y donde la cantante realiza un repaso a la música popular desde los Beatles (versión de Blackbird) o los Beach Boys (un guiño melódico), hasta rescatar a pioneras negras del country (homenaje a Linda Martell), dar voz a veteranos blancos del género aún en activo (Willie Nelson y Dolly Parton, solo en interludios) o realizar dúos con artistas de generaciones posteriores a ella como la siempre reivindicable Miley Cyrus, Post Malone, Shaboozey o Brittney Spencer. Todo, para completar un disco que imita las narrativas epopéyicas dylanianas, que no es solo country y que fundamentalmente deja una sensación de artista compleja, poderosa, ambiciosa y comprometida con el riesgo artístico.

Beyoncé, con sobrero vaquero, junto a su pareja, el músico Jay-Z, en la última gala de los premios Grammy, el pasado 4 de febrero en Los Ángeles.
Beyoncé, con sobrero vaquero, junto a su pareja, el músico Jay-Z, en la última gala de los premios Grammy, el pasado 4 de febrero en Los Ángeles. Kevin Mazur (Getty Images for The Recording A)

Para dar con los antecedentes de este trabajo hay que remontarse a la pandemia, cuando Beyoncé se planteó un proyecto en tres actos para explorar cómo la cultura negra ha nutrido la música popular. El primero, publicado en 2022 y llamado Renaissance, lo dedicó a la influencia de la comunidad negra (sobre todo LGTBI) en la música de discoteca. Este Cowboy Carter vira al country, y faltaría un tercero, que llegará en unos años. Así justificó la cantante este Act II: “Este disco nació de una experiencia que tuve hace unos años en la que no me sentí bienvenida, y estaba muy claro que no lo era. Pero gracias a esta experiencia profundicé en la historia de la música country y estudié nuestro rico archivo musical. Las críticas a las que me enfrenté cuando entré por primera vez en este género me obligaron a superar las limitaciones que me impusieron. Mi esperanza es que dentro de unos años la mención de la raza de un artista, en lo que se refiere al lanzamiento de géneros musicales, sea irrelevante”. La experiencia negativa que menciona se produjo en 2016 cuando cantó con las Dixie Chicks el tema Daddy Lessons en los Premios de la Asociación de Música Country. Efectivamente, que una mujer negra incursionara en el country agitó los cimientos racistas todavía muy presentes en la industria del country de Nashville. Los historiadores dan por demostrado que los negros ayudaron a crear el country, empezando por la creación de banjo en el siglo XVII, atribuido a los esclavos de la diáspora africana. Recomendable en este sentido es el artículo que firmó Riannon Giddens, música negra con varios Grammy que toca el banjo y la viola en el tema adelanto de este disco, Texas Hold ‘Em, en el periódico The Guardian y donde escarba en la historia para determinar que el country acoge una base importante negra.

Con estas premisas resulta apasionante entrar en el mundo de Cowboy Carter, donde pocas cosas son causales. Como la inclusión de Blackbird, una canción que Paul McCartney escribió para los Beatles en 1968, semanas después del asesinado de Martin Luther King y en un ambiente de insoportable tensión racial en Estados Unidos. Beyoncé comienza con voz vulnerable y acaba con una tensión orgullosa, mientras un delicioso coro eleva las imágenes que construyó McCartney de “alas rotas y ojos hundidos” que anhelan la libertad. Existe un tono country en parte del disco, con banjos, campestres arpegios de guitarra, violines y giros vocales propios del género. Pero todo es original, con un tamizado pop y la exquisita presencia de coros gospelianos. A algunos aficionados la utilización de las voces orquestadas les recordará a Queen, y no irán a tientas: es posible que a Beyoncé le surja de forma inconsciente, pero el rastro de Freddie Mercury y los suyos se puede seguir en temas como Ameriican Requiem o My Rose.

El camino nos lleva por experimentos estimulantes. Ya Ya suena a fuck psicodélico a lo Bootsy Collins con Beyoncé desgañitándose (en este tema es donde introduce las estrofas y melodías de Good Vibrations, de los Beach Boys, y de These Boots Were Made for Walkin’, la canción de Lee Hazlewood que popularizó Nancy Sinatra); Riverdance es una especie de country-dance hipnotizante; Sweet, Honey, Buckiin’ no pertenece a ningún género, un apasionante acertijo; Bobyguard surge como una golosina pop que firmaría un grupo indie; hay canciones donde tritura los géneros, que empiezan como una balada (Daughter) o en clave hip hop (Spaghetti) para luego devenir en cualquier cosa, siempre interesante; la canción con Miley Cyrus (II Most Wanted) seguro que arrasa en las emisoras country comerciales: un tema con una arquitectura tan triunfadora que si le mete mano Aerosmith arrasaría también en las cadenas de rock clásico. Y todo termina con Amen, una súplica espiritual que enlaza con la primera canción, Ameriican Requiem, donde Beyoncé advierte: “Seremos nosotros los que purifiquemos los pecados de nuestros padres. / Réquiem americano. / Las ideas de los hombres (sí) están enterradas aquí (sí). / Amén”.

¿Se hace largo el disco? Claro: es un lugar común de los trabajos extensos pensar que entrarían mejor si se poda aquí y allá y lo dejamos en 45 minutos. Pero entonces no estaríamos hablando de riesgo, de arte en mayúsculas, de experimentación y, en definitiva, no estaríamos entendiendo de lo que ha hecho Beyoncé en Cowboy Carter: sacar del contexto industrial a la música country y contar que la tradición musical siempre debe estar por encima de las segregaciones y los intereses comerciales. O como dice Linda Martell en uno de los interludios: “Los géneros son un pequeño concepto divertido ¿no?”.

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